El bello pastor que nos hace libres

«Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia.» (Sal 44,3)

El adjetivo griego Kalós solo secundariamente significa “bueno”, teniendo como sentido primario “bello”. Sería más correcto decir “el bello pastor”. «Yo soy el bello pastor» (Jn 10,11). Bueno y bello dicen, a la vez, el ser de Dios y la vocación humana: «cuando él se manifieste seremos semejantes a él» (1 Jn 3,2). Dios se manifiesta en la bondad y en la vida bella de Jesús. Se manifiesta y nos seduce.

Jesús es el pastor bello porque es el pastor de prostitutas y de publicanos, de los que se sienten condenados por sus propios errores, de ladrones y corruptos, de fracasados y de despreciados, de los dominados por sus demonios… porque ve más allá de las apariencias, ve con el corazón, y por eso sabe que cada ser humano es pura belleza. Hace de todo para recuperar una vida, para poner de manifiesto la belleza de cada uno. El bello pastor va en busca de todo lo perdido y de todo lo esclavizado porque él es el pastor que nos hace libres. Deja las noventa y nueve ovejas y va en busca de una que se ha perdido. Su corazón se conmueve con todos los que se pierden.

«Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna:
prendado está el rey de tu belleza,
póstrate ante él, que él es tu señor.» (Sal 44,11-12)

Celebramos hoy el pastor bueno y bello, una vida profundamente herida resucitada. «Despreciado, rechazado por los hombres, abrumado de dolores y familiarizado con el sufrimiento, como alguien a quien no se quiere mirar, lo despreciamos y lo estimamos en nada. Sin embargo, llevaba nuestros dolores…» (Is 53,3-4) Una vida herida para que todos los heridos tengan vida y la tengan en abundancia. Celebramos la belleza en la desfiguración y el encuentro en la pérdida. Una belleza que la muerte no anuló, sino todo lo contrario: la muerte abrazada con amor, porque es donación, es en sí misma belleza. «Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente.» (Jn 10,18)

La belleza nos es lo bonito, no es lo sentimental, no es la armonía fácil de lo superficial, no es la máscara adornada… la belleza es lo profundamente humano, la complejidad de lo humano, la autenticidad de lo disforme y de lo inacabado en la experiencia humana, la belleza es la sonrisa de los niños, pero también es el grito de dolor… es la vida cruda y desnuda. Platón dice que «la belleza es el esplendor de la verdad». De la verdad, no de lo decorativo. La belleza es el pulsar de la vida, tantas veces desconcertante. La belleza es poder vivirlo todo con verdad, sin necesidad de adornarlo, porque no hay nada que nos pueda separar del amor de Dios. La belleza es sentir que mi vida está conectada con el Todo que me trasciende y, a la vez, me sostiene como el abrazo de un amigo, un amigo herido y encantado con la vida. La belleza es descubrir un hilo amoroso que atraviesa la historia, incluso en medio del caos y del abismo, y que es captado y celebrado en el corazón humano. La belleza es el punto de unión entre lo visible y lo invisible.

«Soy plenamente consciente y no tengo la menor duda de que te amo, Señor. Has herido mi corazón con tu palabra y te he amado. Pero también el cielo y la tierra y cuanto hay en ellos me andan diciendo desde todas partes que te ame. (…) Pero, ¿qué es lo que amo cuando te amo a ti? No una belleza corpórea, ni una armonía temporal, ni el brillo de la luz, tan apreciada por estos ojos míos; ni las dulces melodías y variaciones tonales del canto ni la fragancia de las flores, de los ungüentos y de los aromas, ni el maná, ni la miel, ni los miembros atrayentes a los abrazos de la carne. Nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo una especie de luz y una especie de voz, y una especie de olor, y una especie de comida, y una especie de abrazo cuando amo a mi Dios, que es luz, voz, fragancia, comida y abrazo de mi hombre interior. Aquí resplandece ante mi alma una luz que no está circunscrita por el espacio; resuena lo que no arrastra consigo el tiempo, exhala sus perfumes lo que no se lleva el viento; se saborea lo que la voracidad no desgasta; queda profundamente inserto lo que la saciedad no puede extirpar. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios.» (San Agustín, Confesiones X,8)

La belleza de las criaturas es como una teofanía, evocando constantemente la fuente de la belleza. Pero el bello pastor es como el murmurio de una brisa suave que solo el hombre interior puede captar. Captar en la intimidad de su corazón y celebrar como la alegría más profunda de su existencia, pasa lo que pase, en la oscuridad invernal o en el fulgor primaveral. El bello pastor es el pastor que nos hace libres. ¡Tan bello es este pastor que uno no puede dejarlo de buscar!

«Avísame, amor de mi alma, dónde pastoreas, dónde llevas el rebaño a sestear al mediodía.» (Ct 1,7)

10 comentarios en “El bello pastor que nos hace libres

  1. Mane dijo:

    Solos en la intimidad de la propia conciencia. Ahí donde nos abrimos al misterio de Dios. Ahí en medio de las dudas es, uno de los caminos, o el camino, más puro y humilde para hacernos sensibles a la presencia de Dios en el fondo de nuestro ser.
    Bellísima y magnífica reflexión. Gracias por compartirla

  2. Luis dijo:

    Feliz 25 de abril. Es empezar a escuchar Grandola vila morena y saltarse las lágrimas.
    Gracias por unir así las cosas de la vida.

  3. Beatriz dijo:

    Precioso!!! Gracias !
    El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad.(S . 15, 5-6 )
    ¿ Como no amarte Jesús. ?.. ,quien dice que te conoce y no te ama es que no te conoce… Te amamos Jesús y deseamos amarte más…Eres el más bello de todos los hombres, en tus labios se derrama la gracia…

  4. vicenta rúa dijo:

    Ha sido precioso estar tan cerca de tí y en El, gozando de la Palabra y el Grandola. Hablando de La Belleza, que va más allá de las cosas bellas y que irremediablemente nos ha seducido. Kairós. Graciñas.

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