Unos monjes con muy buena «pinta»

La comunidad cisterciense gallega de Santa María de Sobrado estrena su propia cerveza, un proyecto con vocación de permanencia como su estilo de vida.

A buen seguro que hoy, en el refectorio del monasterio coruñés de Santa María de Sobrado, caerá alguna que otra pinta a la hora del almuerzo. Les sobran los motivos. Por un lado, la Iglesia celebra la Jornada Pro Orantibus, que pone en primer plano a las monjas y monjes de vida contemplativa. Por otro, esta comunidad estrena cerveza propia. Hace dos años decidieron aventurarse en retomar un legado ancestral cisterciense que ha pervivido hasta hoy en Holanda y Bélgica. “Un miembro de la asociación de Amigos del Monasterio conocía a un maestro cervecero y, a través de Estrella Galicia, se ha hecho realidad después de un proceso laborioso de investigación”, explica el prior Carlos Gutiérrez Cuartango. Nace así la primera cerveza de abadía gallega, elaborada con levadura silvestre de una cepa de la finca del monasterio, después de recoger más de medio centenar de muestras analizadas por el Laboratorio de Microbiología de la Facultad de Ciencias de Ourense de la Universidad de Vigo. El resultado es una receta estilo Belgian Dubbel sin filtrar, en ámbar oscuro, con aromas afrutados y un toque de caramelo.

De momento, se trata de una edición limitada con 20.000 litros que ya están a la venta online. Pero el proyecto tiene vocación de permanencia. Como el propio ser y hacer de los quince religiosos que habitan un edificio del siglo XII que es Patrimonio de la Humanidad. “Uno no elige esta vida, más bien te seduce”, admite Carlos, que reconoce que hoy por hoy puede sonar “extraño” que un hombre decida dejarlo todo para habitar un monasterio. Según los datos más recientes de la Conferencia Episcopal, España cuenta con 35 monasterios masculinos, con 458 consagrados. El prior de Sobrado ni por asomo considera que estén en peligro de extinción. “No desaparecerá esta forma de vida, porque siempre habrá quien se plantee beber de la fuente original desde el silencio y la oración, asentando su día a día en la búsqueda de la belleza y la verdad, entregados al ‘Permaneced en mi amor’ que nos ofrece Jesús”, expone, anclado en la reflexión del teólogo alemán Karl Rahner: “El cristiano del futuro o será un ‘místico’, es decir, una persona que ha ‘experimentado’ algo o no será cristiano”. Desde ahí, augura incluso que el monacato “no solo va a perdurar, sino que va a crecer y evolucionar”. Eso sí, no está convencido de que el frenazo en seco y el enclaustramiento obligado de la pandemia vaya a disparar el deseo de espiritualidad del común de los mortales: “Es verdad que durante este año la gente se ha planteado el sentido de su existencia y no son pocos los que han aprovechado el parón para cultivar la interioridad, pero de la misma manera estamos viendo como por inercia acabamos volviendo a la vida anterior”.

Al menos, esta comunidad cisterciense coruñesa sí ha estado al quite de estas inquietudes a través de las reflexiones de su portal digital, de llamadas y cartas, de encuentros presenciales cuando la emergencia sanitaria se ha rebajado… En marzo de 2020 cerraron a cal y canto la casa. El albergue para peregrinos del Camino Norte de Santiago continúa cerrado, pero en los próximos días volverán a abrir la hospedería como ya hicieron el pasado verano. “Ha sido un tiempo duro, porque no hemos tenido apenas ingresos. Hemos tirado de todos nuestros ahorros y hemos recibido ayuda de la fraternidad de laicos asociados, de la asociación de Amigos del Monasterio…”, comenta Carlos.

Con el fin del estado de alarma, esos encuentros con turistas y demás personas que se dejan caer por allí podrán hacerlo con una birra entre las manos. ¿Se evangeliza también entre cañas? “El Papa nos llama constantemente a los cristianos a tener olor a oveja, a vivir en el mundo sin ser del mundo, mezclados, pero no confundidos. Y eso pasa por estar de la gente, con una cerveza en la mano, si contribuye a acercase al otro y a que el otro se acerque”, apuesta el prior. Y completa: “No es tiempo de cordones sanitarios con nadie, sino de poner en el centro a la persona y su vida y no centrarse en lo negativo. Cuanto más pecado hay, la Iglesia más tiene que estar presente desde el perdón y la reconciliación, desde la misericordia de Dios”.

“Cuando alguien quiere charlar o compartir sus preocupaciones, solo verte con el hábito es garantía de que eres alguien que no tiene un interés propio, que busca manipular, meterse en sus cosas o cotillear. Te ven como alguien imparcial, pero no frío y distante, sino de confianza. Ofrecemos acompañamiento persona a persona, conectando…”, reflexiona Lawrence Curran, inglés de 56 años que ha acabado en el cenobio gallego después de estar destinado en Italia y Asturias. Ese acompañamiento, que bien surge de una conversación informal o que se realiza de una manera más pautada, forma parte de la misión apostólica que ofrecen los cistercienses. Por eso, aunque no es especialmente cervecero, como responsable del albergue sí considera que un buen caldo siempre ayuda. “El vino que alegra el corazón del que habla el salmo en estos parajes es la cerveza. En nuestro caso, tiene siete grados, por lo que no se trata de una bebida para apagar la sed de un golpe sino para saborear. Así también es nuestra vocación, una apuesta por saborear lo pequeño y sencillo”, señala. Sobre su camino recorrido hasta Sobrado, confiesa cómo “en mi caso no hubo caída del caballo ni visiones extrañas”. “Nunca tuve un guión previsto sobre mi destino, más bien fue una corazonada y me dejé llevar. Al principio te puede atraer lo visible de esta forma de vida y te enamoras, pero luego hay que ir purificando ese amor. Hoy sé que di en el clavo, estoy donde tengo que estar”, relata.

Los monjes de Sobrado han echado el resto para la puesta de largo de su cerveza. Tanto es así que hasta cuentan con un videoclip en el que cantan en latín, al más puro estilo gregoriano, las bondades de su particular zumo de cebada. El religioso más joven de la comunidad ha sido el autor de la melodía. Colombiano de 37 años, Rafael Escobar ingresó en la orden después de un largo proceso de discernimiento con idas y venidas, después de terminar sus estudios de música. “Fueron dos o tres años de lucha interior en los que siempre respetaron mis tiempos y mi libertad”, comparte Rafa, sabedor de que “hay un momento en la vida que en que tienes que decantar, porque no se puede tener todo”. Rafa considera la sinceridad con uno mismo y con los demás como el valor primordial para vivir en comunidad. “Solo así se puede hacer realidad ese deseo de felicidad que solo se consigue en el día a día, además de un seguimiento auténtico con tus hermanos, en un caminar juntos donde el Espíritu se manifiesta”.
Fuente: larazon.es 

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