Corpus Christi

La última cena | Kcho, Alexis Leiva Machado | 2011

Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, cuando hizo los cuerpos, dijo que eran muy buenos. Dios se hizo corporal en medio de nosotros, un ser humano como nosotros. El cristianismo es la más corporal de las religiones. Jesús nos dio el sacramento de su cuerpo y prometió la resurrección de nuestros cuerpos. Dios se encarnó en Jesús, pero nosotros todavía estamos aprendiendo a encarnarnos en nuestros propios cuerpos.

El cuerpo no es simplemente una cosa que poseo, soy yo, es mi ser como don recibido de mis padres, y de sus padres antes de ellos, y en última instancia de Dios. La Eucaristía, se centra en el don del cuerpo. Por eso cuando Jesús dice en la Última Cena ‘esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros’, no está disponiendo de algo que le pertenece, está pasando a los demás el don que Él es. Su ser, su vida, es un don del Padre que Él nos está transmitiendo.

Necesitamos amar y ser amados; y cuando, por la razón que sea, este doble canal de ida y vuelta no funciona, la vida se nos hace penosa, insoportable… soledad de la mala. Santo Tomás de Aquino, dice que el amor derrite el corazón. El que está derretido ya no está contenido dentro de sus propios límites, muy al contrario de lo que ocurre en ese estado que corresponde a la ‘dureza de corazón’. Solamente el amor rompe nuestra dureza de corazón y nos da corazones de carne. Al amar, nos encontramos con crisis inevitables, en las que parece que el mundo se hace añicos. La Última Cena fue un momento de crisis en el amor de Jesús por sus amigos.

Cuando celebramos la Eucaristía, recordamos que la sangre de Jesús es derramada ‘por mi, por ti y por todos’. El misterio del amor, es a la vez particular y universal. Si nuestro amor es sólo particular, entonces corre el riego de volverse introvertido y sofocante. Si es solamente un vago amor universal por toda la humanidad, entonces corre el riego de volverse vacío y sin sentido. Acercarse al misterio del amor significa que amamos a personas concretas. En cada historia concreta de amor puede vivir el Misterio total del Amor, que es Dios. Cuando amamos profundamente a alguien, Dios está ya ahí. Más que ver nuestros amores en competencia con Dios, éstos nos ofrecen lugares en los que podemos montar su tienda. Si nos alejamos del amor nunca vamos a conocer lo amoroso que es Dios. A menos que dejemos entrar a Dios en ese amor, y le honremos ahí, nunca veremos el misterio de ese amor. Si separamos nuestro amor a Dios y nuestro amor a las personas concretas, ambos se volverán agrios y enfermizos.

Es difícil imaginar una celebración del amor más realista que la Última Cena. No tiene nada de romántica. Jesús les dice a sus amigos sencilla y llanamente que esto es el final, que uno de ellos le ha traicionado, que Pedro le negará, que los demás huirán. El amor eucarístico nos enfrenta de lleno con la complejidad del amor, con sus fracasos y su victoria final. Aprender a amar es un asunto difícil. No sabemos a dónde nos llevará. Sería más fácil tener corazones de piedra que corazones de carne, ¡pero entonces estaríamos muertos! Si estamos muertos, no podríamos hablar del Dios de la vida.

En muchas de nuestras salidas hacia los demás, en muchos de nuestros amores, no es el otro al que buscamos y amamos, sino a nosotros mismos. Parece que lo que caracteriza a nuestros amores concretos no es la pureza, sino, más bien, la mezcla. No deberíamos tener miedo a vernos así, porque así somos realmente. Si exponemos nuestra pobreza radical ante el Amor de Dios e intentamos, humildemente, que todos nuestros amores ‘desciendan de arriba’ y nazcan de Dios, entonces, nuestra debilidad se convierte en gracia.

En cada Eucaristía recordamos que en todas nuestras luchas por ser personas que aman y están vivas, Dios está con nosotros. La gracia de Dios está con nosotros en los momentos de fracaso y de lío, para ponernos nuevamente en pie. Podemos adentrarnos en esta maravillosa aventura, con confianza y coraje, con la certeza de que Jesús está presente entre nosotros hasta el fin del mundo, animando, reconciliando, impulsando, consolando, sosteniendo, pacificando, amando, abriéndonos a nuevas presencias, a nuevos proyectos, a nuevos amores, a nuevos modos de estar entre los hombres y mujeres de nuestro mundo, ofreciendo y compartiendo el don que cada uno hemos recibido, evangelizándonos mutuamente en el amor.

5 comentarios en “Corpus Christi

  1. Mane dijo:

    Lo importante no es cenar juntos, sino hacer vida y actualidad lo que representó aquella cena de despedida. Lo más humano de lo humano es el amor. Preciosa y clara homilía!!! Gracias por compartirla.

  2. Beatriz dijo:

    Preciosa enseñanza . . Gracias!
    El 5º párrafo es para releerlo todos los días…”El Amor Eucarístico “ …ahí está “ la madre del cordero “ .….Jesucristo está VIVO dentro de nosotros y ese es el gran milagro que nos hace amar a los demás a través de El.
    ¡ Alabado sea el Señor!

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