Vulnerabilidad compartida

Jesús y su madre – cuarta estación (det.) del viacrucis | Werner Klenk | Monasterio Maria Königin (Alemania)

En medio del viacrucis, en medio de todos los viacrucis del mundo, aparece esta pareja: una madre y su hijo. Él, titubeante, frágil e indefenso, incapaz de devolverle el beso, pero totalmente atento, receptivo y dispuesto. Inclinado, humillado y avergonzado ante su madre. El fuerte se hizo frágil para fortalecernos con su vulnerabilidad. Se deja abrazar, enteramente entregado. Ya no piensa en la cruz que le arrebata hacia la tierra. Es enteramente oído, volcado hacia ella. Escucha. Escucha lo que le susurra su madre. La Madre de Dios susurra la Palabra que meditó tanto en su corazón (Lc 2,19). «Este es mi Hijo predilecto» (Mt 3,17). Jesús recibe su último beso antes de subir a la cruz, antes de volver al Padre.

Stabat Mater: se mantiene en pie, libre y fuerte, para él. Olvida su propia fragilidad, haciéndose fuerte. Su amor le da energía. Venció mil obstáculos para tenerlo así entre sus brazos, su mano izquierda como reposo para la mejilla de su hijo amado. La otra sostiene la cruz. No es solo beso y susurro: se pone manos a la obra. Levanta la viga con valentía. En el hueco liberado se tuerce para ser columna, cariátide y contrafuerte. Por un instante, juntos cargan la cruz del mundo. No es que elige la cruz: elige a su Hijo y toma su cruz.

Ellos no oyen ni los gritos ni los insultos ni el bullicio alrededor. Solo se escuchan en la levedad del encuentro; solo tienen tiempo para la eternidad del amor. Ni siquiera hacen falta las palabras: en el ancho silencio de su encuentro, cada uno desde su propia fragilidad, se dicen tanto. En medio de tanta violencia y tanta dureza, solo ternura y delicadeza para contemplar y escuchar durante mucho tiempo.

Él parece estar triste. No le avergüenza mostrarse triste ante ella. Triste porque es su despedida. No la dejará sola, pero ¿qué madre merece ver morir a su hijo? Ya siente el peso, el dolor y la angustia de tantas madres, y se estremece su corazón.

Más que de despedida, parece ser un beso de gratitud. Gracias, hijo mío. Me has hecho tan feliz. Estoy orgullosa de ti. Me duele, pero sé que tienes que ir por donde nadie quiere ir. En tu vulnerabilidad, tú eres camino, verdad y vida. Salva a muchos, hijo mío, sálvalos a todos. Es la voluntad del Padre (1 Tim 2,4).

Ahora lo deja ir. Ahora lo encamina hacia el Padre y hacia nosotros. Lo entrega: vete, entrégate. Estoy contigo. Hasta el fin del mundo.

Texto de Bert Daelemans, en La Vulnerabilidad en el arte: un recorrido espiritual

6 comentarios en “Vulnerabilidad compartida

  1. Pedro Garciarias dijo:

    Magnífico texto, gracias por el envío y por recordarnos cómo la Madre es crucificada con Él, en las heridas de ambos… hemos sido curados. Gracias, Maestro, gracias María.

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