Inicio de un camino

Luis Mª | inicio del noviciado

Llegar a un Monasterio es encontrar la paz: el claustro se presenta como lugar adecuado para, en el silencio y la oración, encontrar a Dios. Quedarse en el Monasterio es empezar la guerra, reabrir y profundizar la búsqueda.

Así ha sido para mí durante el año que llevo compartiendo la vida de la Comunidad Cisterciense de Santa María de Sobrado. Un año, en cierto modo, si no de guerra -no están los tiempos para usar la guerra ni como metáfora- sí de inquietud, de intranquilidad, de trabajo interior. He empezado una tarea de deconstrucción de mí mismo, de todo lo que fui o creí ser. He empezado a quitarme capas, como se hace con una cebolla, y a quitarme caretas, a dejar de ser mi propio personaje. He reabierto mis heridas para dejar que se curen. Se trata de ir buscando mi yo auténtico y de buscar a Dios, que no son tareas diferentes sino complementarias, pues -como dijo Agustín- Dios es interior intimo meo. Por tanto, mi llegada al Monasterio -en contra de lo que pueda parecer- no fue meta o culminación de nada, sino inicio de un camino.

Durante este año de postulantado he procurado avanzar en ese camino con la pedagogía del learning by doing (aprender haciendo) o, por mejor decir, aprender viviendo. No hay otro modo de progresar en la vida monástica (o en la vida de oración, o en tantos otros aspectos) que viviéndolos, poniéndolos en práctica. Y eso requiere tiempo. Uno llega queriendo quemar etapas (así llegué, lo confieso) y acaba convencido de que no hay mejor maestra que la vida que lo va cocinando todo con tiempo, como cocinaban antaño nuestras madres y nuestras abuelas. El monasterio, con su vida ordenada en torno al Oficio Divino y al trabajo, es maestro en esta sabiduría de dejar que todo vaya madurando con el tiempo.

Vivir en el Monasterio no me hace tener la sensación de haber encontrado, sino disponer de tiempo abundante para seguir buscando. Mi amistad con el Señor puede ir creciendo, porque su cuidado es la más importante labor de jardinería que se me ha encomendado y se me ofrece tiempo para ella, pues la voy llevando a cabo en la capilla y en el huerto, en el trabajo y en el paseo, cuando limpio y cuando leo. Es el hilo conductor de todas las actividades que realizo a lo largo del día, porque es su alma, aquello que las anima. Sin esto, probablemente esta vida no tendría sentido y ya me habría ido.

No sabría decir en pocas líneas cuáles fueron exactamente las motivaciones que me trajeron hasta aquí. Fue un cúmulo de sensaciones, de reflexiones, de vivencias; fue la propia historia personal, saberme vulnerable y herido (¿quién no lo es? Pero, a veces, tardamos en descubrirlo). Venir al Monasterio es buscar a Dios y creer verdaderamente el Evangelio cuando afirma que todo el que busca encuentra (Mt. 7,8). Pero, como si se tratara de una yincana o de un juego de pistas, cada hallazgo se convierte en acicate para seguir buscando.

Ayer comencé mi noviciado; la meta es la profesión temporal dentro de dos años y, un día, la profesión solemne. Pero no son más que metas volantes. Este camino, aunque se vive en el tiempo, es eterno e infinito. La búsqueda tan sólo ha comenzado.