Hace ya mucho tiempo, desde Oriente, siguiendo una estrella, vinieron unos Magos a Belén para adorar al recién nacido, Rey de los Judíos. El texto evangélico que se nos ha proclamado está nutrido de material simbólico, que pretende presentar al Niño de Belén, como el Mesías, hijo de David, cuyo nacimiento marca un hito decisivo en la historia. Jesús será el ‘nuevo Moisés’ que, trascendiendo incluso los límites del pueblo judío, será reconocido y adorado por todas las naciones.
La primera de las lecturas que hemos escuchado nos hablaba de un Israel hundido en la soledad y en la oscuridad del desengaño, pero que se anima con la esperanza de una luz que habrá de surgir e iluminar al mundo entero: ¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!… Sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti.
Las cosas de Dios percibidas por los hombres se mantienen siempre en un ámbito de misterio. Si volvemos a los Magos vemos cómo la estrella tiene poder y fuerza para cambiar la vida y los comportamientos de aquellos hombres. No sabemos cuántos vieron la Estrella, ni cuántos la siguieron. Ellos decidieron seguirla, caminar bajo su luz, y sus vidas cambiaron. Los buscadores de Dios tienen que recurrir a las mediaciones humanas porque no todo está tan claro; pero a pesar de todo, ellos siguen. Para seguir la Estrella se necesita libertad interior, capacidad de apertura a realidades distintas a las que estamos acostumbrados a vivir. Si estos hombres de Oriente siguieron la Estrella es porque eran personas abiertas a un nuevo saber. Los Magos preguntan, caminan y aceptan que será en Belén y a Belén van.
Los Magos, buscadores intrépidos, son signos de libertad y de provisionalidad. Están abiertos a lo sorprendente: nadie sabe nada del recién nacido Rey de los judíos y de la inesperada sorpresa que les aguarda: encontraron al Niño con María su madre. Se orientaron por la Estrella, se confirmaron en su orientación por la palabra y llegaron al destino por las mediaciones humanas, en este caso mediaciones adversarias de la Estrella. Ya no sabemos más de los Magos, quedaron ahí como símbolos, como «estrellas» que señalan un camino, el camino de la libertad y de la provisionalidad.
Nuestra vida está poblada de estrellas, signos que nos invitan a ir más allá de la realidad observada. Son los medios que Dios utiliza para hacerse cercano a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos y lugares. Estas señales, providencialmente naturales, han jalonado la historia de la humanidad, despertando en el ser humano ansias de nuevas búsquedas.
En la historia de los buscadores de Dios hay siempre una estrella, un signo, providencia y cercanía de Dios, que gratuitamente se nos ofrece para guiar nuestros pasos por los caminos de la paz. Es así como se van despejando las sombras llenándonos de alegría y de paz. Nos queda, como a los Magos, adorar al Niño de Belén haciéndole el ofrecimiento humilde de nuestra vida, que él acepta amorosamente.
Sabemos bien que las manifestaciones del Señor, sus epifanías, son múltiples y variadas. Cada persona, cada acontecer de la vida humana, cada movimiento del universo, cada dato nuevo de la historia es una epifanía, una manifestación esplendorosa del amor de Dios hacia nosotros. El firmamento de nuestra propia vida está poblado de estrellas que nos señalan siempre uno de los posibles caminos que llevan a Dios. Todos tenemos la posibilidad y la oportunidad, alguna vez en la vida, de abrir los ojos, de contemplar el resplandor de esas estrellas que pueblan nuestro mundo personal para, guiándonos por ellas, llegar hasta donde ellas nos conducen. Allí descubriremos su origen, su razón de ser, la fuente misma de donde brotan: el Amor de Dios hecho cercanía y donación incondicional.
La presencia humilde y cercana de María, la Estrella del mar, nos anima a mirar más allá de nuestras propias realidades, haciéndonos entrar en comunión con tantos hombres y mujeres, que, como nosotros, intentan cada día otear el horizonte para descubrir la luz de alguna nueva estrella que nos ayude a seguir caminando por los caminos de la vida, anunciando que el Dios-con-nosotros se nos ha manifestado.





