La Paz del Resucitado se dirige al corazón sin prometer estabilidades permanentes en esas otras periferias suyas. No es como la paz del mundo, a la que solo interesa la satisfacción de lo más exterior del hombre.
En la Paz de Cristo “se supera la insaciable codicia que late en la profundidad del corazón pervertido”. Lo confesemos o no, el fondo de nuestro ser está habitado por un fuerte componente de inseguridad, angustia y miedo. No solo por eso, gracias a Dios, pero también por eso. Llevamos dentro un campo de minas que, si lo activa el miedo, se dispara hacia lo peor. ¿Cómo y por qué?
La secuencia del proceso podría esquematizarse así: la inseguridad genera miedo; el miedo, angustia; y la angustia, una “insaciable codicia”. Aclarado más gráficamente: esa inseguridad radical, a la que nadie escapa alguna vez, se asemeja a un agujero negro que hace imposible la paz del corazón; la angustia que produce tal situación tiende a superarse del modo que sea, a saciarse y quedar pacificada; uno de los caminos más frecuentes que elige es el de la codicia. Codicia insaciable de riqueza, de poseer cosas o personas como un intento loco de taponar un vacío que se agranda progresivamente; codicia de prestigio como culto al yo, siempre amenazado de radical y creciente inseguridad; codicia de poder que disimule la propia indigencia, como intento de vivir finalmente en una imposible y equivocada seguridad y paz…
La pregunta ahora es si ese miedo inevitable y radical que late en el corazón humano y que constituye un auténtico campo minado tiene alguna posibilidad de ser des-activado en otra dirección que no pervierta ni al sujeto que lo experimenta ni a la sociedad en la que vive. Teóricamente, la alternativa es sencilla, aunque su realidad sea más compleja. Consiste en que alguna experiencia igualmente radical active el otro lado del corazón, su capacidad de confianza, de amor gratuito y del riesgo que ambos conllevan. Una pasión echa fuera otra pasión, dicen los psicólogos. La activación de unas posibilidades del corazón desactiva otras.
Pues bien, algo así debió de ser la Paz del Resucitado para los discípulos. Una experiencia de transformación de las bases en que tiende a apoyarse el yo, enfermo en sí mismo. A partir de entonces, y como fruto de ese don, ya no les será necesario apoyarse en las compulsiones del miedo y sus destructivos procesos. Llevarán al Resucitado dentro como Presencia, al lado como Compañero, y delante como Señor. Ese será su tesoro, el nuevo fundamento de su ser y de su paz.
¿Quién no desearía una Paz así? ¿Quién no la necesita para estar en armonía con su vocación más profunda? Sucede, sin embrago, que una Paz así nadie se la puede dar a sí mismo. Lo más que podemos hacer es “disponernos” para recibirla. Contradiciendo de plano uno de los dogmas centrales de la cultura occidental –el poder de la voluntad-, la paz no puede ser don de uno mismo. Dice Pannikkar: “Yo no me puedo dar la paz a mí mismo, ni siquiera la paz interna e íntima… Cualquier intento de paz que no sea “femenino”, que no venga como un don, nunca será la verdadera paz”.
José Antonio García (Ventanas que dan a Dios) (Sal Terrae)





