La revelación de otra cara de Dios

Con la celebración del Domingo de Ramos, entramos en la Semana Santa, en la que los misterios de nuestra fe se hacen cercanía, en el amor incondicional de Dios que se entrega por nuestra salvación. Dios hace historia junto al hombre, una historia de acercamiento, de invitación, de luz, de vida, de gracia, en la que el amor es la clave interpretati­va de su insistencia al diálogo.

Hoy en el relato de la Pasión, hemos asistido a uno de los aconteci­mientos más transcendentales de la historia, marcados por el dolor físico y moral de un hombre inocente que fue ajusticiado porque puso su vida y su palabra al servicio de la salvación liberadora de todos los hombres. Hemos escuchado la angustia que experimenta Jesús como consecuencia del miedo a lo que va a venir. La reacción natural al miedo y a la angustia es la agresión y la violencia. Sin embargo, él, pone todo en manos de su Padre -Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya- y, en medio de su angustia, ora con más insistencia.

El sufrimiento, a lo largo de la tradición bíblica, ha obligado a la experiencia religiosa a reformularse y de este modo la ha acrisolado y purificado. El sufrimiento puede convertirse en el punto de apoyo desde el que atisbar una imagen de Dios no accesible desde otras atalayas. Cuando aceptamos el sufrimiento, salimos de nosotros mismos, y se abre ante nosotros un espacio nuevo, desconocido, amplio y liberador. La propia debilidad, cuando es aceptada, reordena nuestra jerarquía de valores, nos muestra nuestra pequeñez, nos libera del orgullo neurótico y nos conduce a realidades sólidas en nosotros, a capas más profundas donde hacer pie, a vivir la experiencia de la comunión con Dios, con los otros y con todo.

Todo sufrimiento nos dice que hemos perdido algo. Gracias a la aceptación de la pérdida, se nos manifiesta una Presencia que rezuma plenitud. Rendirse a las situaciones que nos hacen sentir disminuidos, lejos de ser una actitud resignada o fatalista, es ocasión de experimentar una gratitud desconocida hasta entonces, que lleva a dar gracias por todo lo que es, en todo momento. Es la gratitud que nace del asombro de una Presencia y que da alas de águila. Así, paradójicamente, el sufrimiento -la pérdida-, se ha transformado en Paz sin límites.

En la cruz de Jesús se revela otra cara de Dios, se nos da a conocer el verdadero rostro de la divinidad. El todopoderoso se muestra impotente, el eterno se ve sometido a la muerte, el inmutable compadece con su Hijo amado, el más bello de los hombres presenta un rostro desfigurado, el único feliz se deja afectar por el sufrimiento. Todo ello es posible porque Dios es amor. Amar significa salir de sí y darse. Dios, en la cruz de Jesús, se nos manifiesta entregado a las criaturas y, por tanto, de algún modo, enajenado de sí mismo.

Jesús fue capaz de comprender que el amor de Dios no era incompatible con el sufrimiento, sino que se podía hacer también presente en el sufrimiento y en la muerte. Porque Jesús sentía a Dios como Papá, fue capaz de percibir su amor presente en su abandono aparente. Pero esa percepción de Dios como Papá no le libró en absoluto del derrumbe físico y del pavor ante tal muerte, como queda patente en la escena del Huerto de los Olivos. A esto apunta aquel bello dicho de Rumi: Cuando el corazón llora por lo que ha perdido, el espíritu ríe por lo que ha encontrado. Cuando el gusano entra en el espacio oscuro que es el capullo siente únicamente su muerte…; pero pasando por ella -confiando en una Sabiduría mayor que a él se le escapa- saldrá transformado en una inesperada y brillante mariposa.

Que el Señor Jesús nos conceda en esta Semana Santa la gracia de aprender de él a poner nuestro miedo y nuestra angustia en las manos del Padre –Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu- para ser sembradores de paz en nuestro mundo.