La Iglesia nos ofrece cada día, en la Liturgia eucarística, el regalo de la Luz de Cristo, en su Palabra. Una luz multiforme y espléndida, de la que cada uno, solo percibimos algunos aspectos de su luminosidad y belleza. Hoy vamos a fijar nuestra mirada en algunas dimensiones de su luz.
Jeremías hace la experiencia que todo creyente verdadero ha hecho: No hemos escogido nosotros a Jesús. Es Él quien nos ha seducido, con una fuerza de atracción que no sabemos explicarnos, y que nos vincula a Él aún más íntimamente de lo que estamos vinculados a las entrañas de nuestra madre; vínculos que permanecen vivos, y seguimos sintiendo, aunque no la tengamos aquí presente, y nuestros ojos no puedan percibir esa presencia dulcísima.
Él es el más fuerte. Esa es nuestra confianza. Nosotros somos pura fragilidad y contradicción constante. Él es el Fiel. El que permanece. El que ha vencido definitivamente y a costa propia, la incoherencia, la rebeldía, nuestra inconsistencia humana.
Su presencia seductora es una presencia ardiente, no manipulable, que, para nuestro bien, sigue siempre encendida, unas veces mostrándose como fuego abrasador, otras como humilde rescoldo; pero siempre ahí, impulsando nuestra vida, caldeándola en tiempos de hielo, purificándola de tanta mezcla sin valor que a veces la cubre, haciéndose en nosotros, aunque no lo percibamos, luz en la noche para otros peregrinos o caminantes sin rumbo. Fuego que transforma nuestras miserias, y las convierte, en el crisol de su Corazón de Padre y hermano, en ese ser transparente y gozoso de hijos pequeños del Padre amoroso.
Pablo el apóstol, desde su experiencia de seducido, nos muestra el camino, la pequeña ayuda que se nos pide, para que se dé esta transformación: “presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios”. Ofrecerle a Dios lo que somos, corporalmente, espiritualmente, desde lo más recóndito de nuestro ser. Esto es lo que agrada a Dios y en ello está nuestra recompensa. Es precioso gustar que tal como somos, como Él nos ha hecho, y nos ha ido modelando nuestra historia, siempre compartida por Él, le somos agradables A Dios. Nada menos que a Dios. Dios nos mira siempre, sea cual sea el momento demuestra vida, con una mirada de grata benevolencia que dignifica, construye y esponja nuestro espíritu, aunque a veces, como Jeremías, seamos en el entorno objeto de falta de comprensión o de aprecio.
En el evangelio, esa palabra que es siempre buena noticia, Jesús nos invita a abrazar la realidad, a veces gozosa, y a veces cansina y dura, de nuestra vida de todos los días. A muchos les toca, más que a nosotros, mucho padecer. Nuestro consuelo inalterable es que Jesús lo tomó todo sobre sí. Lo mismo que el Padre no lo dejó nunca solo a Él, Él acompaña nuestra soledad y sobrelleva con nosotros las cargas de la vida. Jesús llevó sobre sus espaldas los padecimientos de los pobres, de los últimos de los crucificados de toda la historia de la humanidad y nos invita a abrazarla con Él, en la certeza de que Él conoce todo y sostiene a todos. Y vive en nosotros, las cosas pequeñas y grandes de cada día.
Él crucificado, es fuerza de Dios, sabiduría de Dios, y está vivo entre nosotros para ayudarnos a abrazar la vida tal como se nos presenta y a estar dispuestos aún a perderla por amor, con la certeza de que en Él florecerá definitivamente.
Pocos se atreven hoy a decir con claridad que la Cruz es nuestra salvación. Jesús lo dice abiertamente, pero, como Pedro, no lo queremos creer ni aceptar. ¡Ni hablar de ello! Y, sin embargo, es el camino que acrisola el amor y libera nuestra libertad. El que hace posible la reconciliación.
Hoy la cruz, se experimenta en tantos lugares y situaciones de la humanidad, que a veces nos sentimos abrumados. Ante algunas situaciones nos sabemos impotentes, pero también hay situaciones a nuestro alcance, ante las que muchas veces somos cobardes y negamos nuestra ayuda. La salvación sigue llegando ahí, esa es nuestra fe. Jesús crucificado está presente en ello, para hacer renacer la vida. Pero nos cuesta descubrirlo, porque es débil nuestra fe, y no llegamos a creer que Dios nos está salvando por Él, justamente ahí, “los proyectos de su Corazón duran de edad en edad para salvarnos de la muerte y saciarnos en tiempo de hambre.” Nos conoce. Nada de lo nuestro le es indiferente. Nos ha seducido. Pero no sabemos cómo, nuestra pequeñez y miseria, ha cautivado, de forma incomprensible, su Corazón de Padre.
Por todo esto, la Iglesia nos invita a proclamar con el salmo “toda mi vida te bendeciré” Porque sabemos que, nuestra alma seducida y amada, y en todo momento, afirmada y completada, “está unida a ti y tu diestra me sostiene”.
Lucy Galván





