
Dios no es un ser extraño imposible de alcanzar. La persona de Jesús lo hace bien próximo y el Espíritu Santo nos hace vivir en la plenitud del amor. La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a creer en un Dios lleno de amor, que es reconocido en el semblante de Jesús y que habla al corazón de cada uno de nosotros, los creyentes.
Ese Dios que ha escogido a Israel, que lo ha liberado y que le habla y que se ha hecho cercano a él, es ya la Trinidad.
El libro del Deuteronomio escrito hacia el siglo VII antes de Cristo es el examen de conciencia de la nación a la luz de su historia pasada y del mensaje de los profetas. Israel es el único pueblo que escuchó la Palabra de Dios entre los rayos del Sinaí y en la palabra inflamada de los Profetas. Fue el único pueblo que, desde su nacimiento al salir de Egipto, hasta ahora, haya visto a Dios hacer tanto por él, tantos signos y prodigios. Pero aún a pesar de eso Israel cayó en el pecado de buscarse otros dioses, aliarse con el pagano pueblo egipcio y cambiar su libertad por una nueva esclavitud.
Escuchamos en la lectura el grito de alarma que dice el autor del libro: El Señor que es único y fuera de Él no existe vida ni libertad.
Dice el refrán: “Dime quien es tu Dios y te diré quién eres”. ¿Cuál es la finalidad de mi vida, el motivo de mis decisiones lo que acapara mis pensamientos y mis fuerzas? Si Dios no es para mí el único Dios, entonces no soy sino un esclavo que obedece a su señor.
El Espíritu Santo hace de nosotros hijos de Dios, a quien liberados del miedo, nos atrevemos a llamar Padre. Y no es posible llegar a serlo, hijos de Dios, si no imitamos a Jesús y reproducimos su vida en nosotros. Es decir, hombres libres, liberados del miedo, que tienen el santo atrevimiento de llamar a Dios Abba, Padrecito, Papá, hombres cuya esperanza es heredar con Jesús un mundo nuevo, donde Dios será todo en todos.
Nos hemos de preguntar a raíz de esta palabra si somos esos hombres y mujeres sin miedo y con esa esperanza, hombres, comprometidos por el Evangelio. ¿Hemos entrado a través de nuestra profunda oración en una real intimidad con Dios?
¿Nos atrevemos a lo largo de los días a dirigirnos a él como hijos queridos, amados tiernamente por Él? Dicho aún de otro modo ¿nos dejamos conducir por el Espíritu Santo?
El Evangelio finalmente nos recuerda que nuestro Bautismo nos ha sumergido en la vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Iglesia representada por los discípulos tiene la misión de hacer discípulos de todas las naciones, discípulos llenos de Espíritu Santo.
Nosotros tenemos esa misión de enseñar, pues somos Iglesia. Y tenéis vosotros que enseñar el evangelio como laicos con vuestro ejemplo, con vuestro testimonio de vida. Vuestro testimonio de laicos es vivir vuestra vida marital, familiar y profesional desde la filial entrega a Dios, a Jesús y al Espíritu Santo. No puede existir una fisión entre vuestra vida y vuestra fe. Como tampoco la tiene que haber en nuestra vida monástica o en la vida de los sacerdotes. Entre todos se predica la Fe en un único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jesús también hace una promesa que nos llena de seguridad: “Y sabed que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Porque, solos, sin Jesús, ¡no podemos hacer nada! En la obra apostólica no bastan nuestras fuerzas, nuestros recursos, nuestras estructuras, si bien son necesarias. Sin la presencia del Señor y la fuerza de su Espíritu nuestro trabajo, aun si bien organizado, resulta ineficaz.
Finalmente recordemos que la Iglesia nos propone hoy La Jornada Pro Orantibus, día en que os aviva el recuerdo y la oración, por los contemplativos entregados al servicio de la oración y la intermediación cerca de Dios y del dolor del mundo, corazón de nuestra iglesia, día en que oramos para que el Señor toque el corazón de nuevas vocaciones a esta vida de amor, entregada en oración y trabajo.





