La Trinidad de Rublev

Fotografía: La Trinidad de Rublev, por el Hermano Xaime de Sobrado.

El icono con el que Rublev se introduce en el misterio de la Trinidad se basa en el texto del Génesis (18, 1-15), cuando tres ángeles se aparecen a Abrahám y Sara para comunicarle que tendrán un hijo.
Diversos padres de la Iglesia – San Cirilo de Alejandría, San Ambrosio de Milán, San Máximo el Confesor, entre otros- estaban convencidos de que en este lugar del Antiguo Testamento se habla de la imagen de la Santísima Trinidad. Tal como conocemos hoy esta pintura concreta es como se presentó ante los ojos de los restauradores en 1919.
Antes de Rublev, los pintores de iconos representaban sólo la escena de la vida cotidiana: tres ángeles hospedados por Abrahám y Sara, sentados a la mesa a la sombra de una gran encina. Pero el iconógrafo ruso encarna en el icono el dogma más importante del cristianismo. ¿En qué se revela el genio extraordinario de Rublev?
Ya la ausencia de las figuras de Abrahám y Sara nos invitan a descubrir un segundo nivel del significado y penetrar en su simbolismo de la economía divina’ -escribe Pavel Evdokimov- ‘tres invitados celestiales simbolizan el Sinedrion Eterno, y el paisaje cambia de significado en este icono: la tienda de Abrahám se convierte en el Templo; la encina de Mambré en el árbol de la vida y el universo se condensa en la copa, que en vez del cáliz con cordero, se convierte en la copa de la eucaristía’. Como podemos ver, el paisaje se desmaterializa. Además, la técnica de la perspectiva invertida anula la distancia y la Trinidad simbolizada en los tres ángeles se presenta de manera directa ante el espectador. El iconógrafo quiere conseguir el efecto de la inmediatez de la presencia divina.
El carácter de las tres figuras es simbólico: representan las tres hipóstasis divinas. La composición es equilibrada y calculada con precisión. En la base está el círculo que simboliza la eternidad; no tiene principio ni fin. La manera de la que están sentados: cada uno inclinándose hacia el otro, dejándose atraer por el otro, crea la sensación de un conjunto perfectamente unido. Esta composición circular tiene que potenciar su unidad, porque en el centro de la teología ortodoxa se enseña que la Trinidad es consustancial e indivisible.
Asimismo no hay que hacerse la pregunta ¿quién es quién?, porque el dogma enseña que es un solo Dios, aunque expresado en tres hipóstasis divinas. Sus cuerpos son muy alargados -también lejos de ser “reales” (en vez de la proporción 7:1, cabeza-cuerpo, en este icono tenemos 14-1). Aunque las túnicas de los ángeles son de colores diferentes y tienen atributos que les pueden relacionar con una u otra figura de la hipóstasis, la copa en medio es una única y es hacia ella que se proyecta el centro del icono.
Hay que tener en cuenta que Rublev no únicamente apela a la lealtad al dogma de su fe, sino también alude al momento histórico de Rusia, que necesita una mayor unión después del largo período de la dominación tártara, que no ha dejado atrás las guerras fratricidas entre distintos principados rusos. Vemos que los ángeles son tres, pero la copa es una sola: ella crea el centro sensible del icono. No hay acción ni movimiento, solo paz solemne. En el icono hay aún otros símbolos: el árbol, el monte y la casa. El árbol -la encina de Mambré- lo ha trasformado Rublev en un árbol de la vida y muestra que la Trinidad es la fuente de la vida. El monte encarna la santidad de la Trinidad, y la casa indica que Dios es el primer Constructor de todo.
La mirada quieta, serena, profunda de los tres ángeles aborda lo infinito y lo eterno. Parecen tener una conversación silenciosa y encarnar la reflexión, el logos y el sentido del mundo. Rublev consigue una profundidad filosófica. El icono de la Trinidad expresa pensamiento, y unas ideas trascedentes. La tensión elegante de los cuerpos crea un ritmo interno que no reproduce ninguna acción, sino alude a la paz eterna. El iconógrafo también logra expresar la grandeza del amor sacrificial. El Padre manda a Su Hijo a sufrir por la humanidad y Jesucristo está dispuesto a aceptar el sufrimiento. El pintor ha presentado aquí la grandeza del amor sacrificial: El Padre manda a Su Hijo a sufrir por la humanidad, y Jesucristo está dispuesto a aceptar el sufrimiento y entregarse a sí mismo como sacrificio por los hombres.
La conversación silenciosa entre las tres figuras, que están relacionadas por un círculo invisible dibujado en el fondo de la composición, evoca el hesicasmo. Esta conversación sin palabras se dirige al género humano. El icono, sin acción ni movimiento, está lleno de una paz solemne. Las ideas esenciales de la instrucción hesicasta son que lo interior es más importante que lo exterior, que el silencio y la contemplación representan una forma superior del culto, y que la plegaria individual es más importante que la colectiva. Este icono refleja también cómo, a diferencia de Bizancio, donde el hesicasmo supuso más rigor en la forma artística, en Rusia el efecto fue el contrario, permitiendo una mayor flexibilidad y humanización del arte.
Tamara Djermanovic

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