«Las imperfecciones y aun los pecados de tal manera fomentan esa humildad que es condición necesaria para la oración, que prácticamente parecen más una ayuda que un obstáculo. El sentirse completamente aplastado y aniquilado, incapaz de bien alguno, totalmente dependiente de la inmerecida e infinita misericordia de Dios, es la mejor y la única preparación para la oración. Todo ello significa una absoluta confianza y exultación en el hecho de no ser nada, precisamente porque Dios lo es todo, que proporciona la única paz verdadera».
John Chapman, abad OSB





