Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.
Para conocer al Padre hay que ponerse en camino, tener corazón de peregrino. La verdad y la vida se van desvelando en el camino. En el camino, el peregrino se va empapando de la hospitalidad de sus gentes. Los puertos se convierten en hitos importantísimos que marcan un antes y un después. Le regalan al caminante una cima desde la que contemplar el fruto del esfuerzo y respirar como más hondo el aire de los pájaros. Si son puertos de mar, la brisa perfumea el rostro de sal, y de sol. La experiencia del camino le va curtiendo. Es una escuela que va forjándole, puliéndole, convirtiéndole en heredero de un legado transmitido a lo largo de muchos siglos.
No es posible fraguar un corazón de peregrino sin llagas, sin el cansancio de la andadura, sin las contrariedades que sacuden el polvo que cubre lo más auténtico de nosotros mismos. El caminante deja de ser un individuo pasivo y se convierte en mecenas de batallas interiores. A su paso va dejando su impronta, su huella orienta a otros compañeros de andadura. Se torna en dócil y seca hoja que se deja conducir por la corriente del rio. Ya no hace el camino, es camino. Todo se convierte en mensaje que ilustra las coordenadas de su propia piel. Gradualmente la historia personal se ilumina, se unifica y reposa plácidamente.
El peregrino no tiene hogar, su morada es el camino. Para ponerse a andar necesita deshacerse de todo aquello que es superfluo y quedarse con lo imprescindible. A medida que camina, las circunstancias le obligan a tomar contacto con su realidad, a establecer relación con sus emociones y sus deseos, a darse cuenta de lo que hace y por qué lo hace.
El camino es bello pero arduo; está sembrado tanto de sorpresas fascinantes como de dificultades de todo tipo. El caminante disfruta de la novedad del paisaje, al tiempo que padece física y psíquicamente el cansancio extenuante. Se siente aliviado al desconectarse de su cotidianeidad mercantilizada, si bien se siente asaltado por la añoranza de lo que ha dejado atrás. A la seguridad de ver que va adquiriendo su propio ritmo, le sucede la incertidumbre ante una nueva jornada, que experimenta como un enigma, pues no conoce los avatares agradables o desagradables que le aguardan.
Lo único importante es caminar, atento a cada paso, a cada descubrimiento, a cada nueva comprensión de la vida. El peregrino comprueba que cuando presta atención a cada instante, saborea la vida intensamente. En su interior resuenan aquellas sabias palabras: no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos… (Mt. 6, 34)
No son las cosas de hoy las que le pueden extenuar. Lo que le puede enloquecer y lanzar al abismo es el remordimiento o la amargura por algo que aconteció ayer y el miedo por lo que sucederá mañana. De nuevo, la sabiduría encuentra eco en su interior: ¿quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan. Fijaos cómo crecen los lirios del campo; ni trabajan ni hilan (Mt. 6, 26-28).
Poco a poco, el simple hecho de caminar va ocupando el lugar de la meta; el camino es la meta, y no hay otra meta que caminar. En el camino, en el aquí y ahora, en cada aquí y ahora del camino, se dan cita la verdad y la vida. Hace su aparición una confianza que le permite abandonarse a la vida. Se atreve a abrazar tanto los momentos de plenitud como los de hundimiento y fracaso, porque, secretamente, intuye que contienen gérmenes de esperanza.
Su equipaje se aligera, se siente obsequiado con una libertad que simplifica su corazón y contempla asombrado que la dureza del camino se hace en él mansedumbre. Ya no hace el camino, es camino. Anclado en su corazón, habita en el corazón del mundo.
El lenguaje del corazón ha prendido en él, el lenguaje universal, el que todos entienden: el lenguaje del amor que se despliega a su paso por doquier. Una nueva comprensión esclarece la vida del peregrino: el maestro espiritual decía que la verdad es una tierra sin caminos (Krishnamurti), el poeta: caminante no hay camino se hace camino al andar (Antonio Machado), y Jesús: Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.





