
«Elías continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte. – ¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida!»
Elías es un hombre en fuga que atraviesa el desierto bajo amenaza. Su vida está en peligro. Siente miedo… De tal forma, que no encuentra sentido para su vida, la muerte le parece la mejor solución.
«De pronto un ángel lo tocó y le dijo: – ¡Levántate, come! Miró y vio a su cabecera pan y agua».
Cada ser humano está habitado por un hambre de sentido. Hay algo de no saciado en la vida de todos nosotros. Hay lugares sin respuesta en nuestro corazón, somos seres inmensamente vulnerables… Y hay momentos en nuestra historia en los que todo esto se vuelve especialmente dramático. El hambre y la sed, porque nos hacen tocar la extrema precariedad de la existencia, son lugares de riesgo en nuestras vidas. Un ser humano hambriento puede llegar fácilmente a la desesperación y sentir de cerca lo que es la locura.
Sin embargo, las situaciones límite también pueden ofrecernos otra cara, pues tienen el potencial para abrirnos a una nueva y más profunda percepción de las posibilidades que la existencia nos ofrece. Cuando estamos saciados, viajamos dentro de espacios muy cortos y controlados, pero cuando experimentamos el vacío del hambre, perdemos el pie y entramos en un espacio donde no controlamos. Los lugares más abismales pueden transformarse, sorprendentemente, en lugares de salvación y de liberación. En la más terrible soledad se abre un espacio para el milagro de la compañía: ¡Levántate y come!
Dios nunca abandona a sus hijos. No hay vida humana donde Cristo no habite. Todo ser humano es su morada, no un grupo de elegidos, sino todos, sin ninguna excepción. Ya los fariseos se escandalizaban porque Jesús comía con publicanos y pecadores. Para él no hay publicanos ni fariseos, hay seres humanos. Dios no se deja condicionar por nuestra moralidad, que es siempre algo superficial; Dios mira al corazón de sus hijos y ve nuestra verdad más profunda. Para Él, somos pura belleza. Cristo, el pan de vida, es pan para todos. Cristo nunca desiste de reconstruir cada vida humana.
En el silencio de tu corazón, hay una voz que solo los hambrientos pueden escuchar: ¡Levántate y come!
Los judíos decían: «¿No es este Jesús hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»
A menudo, el Pan de vida se nos ofrece bajo formas demasiado conocidas y no siempre es un alimento dulce y suave. En los acontecimientos y situaciones más devastadores puede ocultarse un banquete. La Eucaristía, que es la síntesis sacramental de un Dios que permanentemente nos alimenta, nos deja claro que el banquete de bodas se celebra a la sombra del árbol de la cruz: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección; ven, Señor Jesús.
«Sí, vengo pronto». No tengas miedo, aunque tengas que atravesar valles oscuros, yo jamás te abandonaré: ¡Levántate y come!





