Luchar con un corazón reconciliado

Tú que, sin mirar hacia atrás, quieres seguir a Cristo, prepárate, mediante una vida bien simple, a luchar con un corazón reconciliado. Allí donde estés, no temas la lucha en favor de los oprimidos, creyentes o no. La búsqueda de justicia urge a una vida de solidaridad concreta con los más pobres… La palabra, sola, puede convertirse en una droga.

Cueste lo que cueste, prepárate también a la lucha dentro de ti mismo, para ser hallado fiel a Cristo hasta la muerte. A través de esta continuidad de toda una existencia se construye en ti una unidad interior que permite franquearlo todo.

Luchar con un corazón reconciliado supone mantenerse firme en medio de las tensiones más fuertes. Lejos de ahogar tus energías, semejante lucha te invita a concentrar todas tus fuerzas vivas.

Tus intenciones serán tal vez desfiguradas. Si rehúsas perdonar, si rehúsas la reconciliación, ¿qué reflejas de Cristo? Qué tiniebla en tu interior, si no hay una oración por tu adversario. Si pierdes la misericordia, lo has perdido todo.

Solo, no puedes gran cosa por el otro. Pero juntos, en comunidad, penetrados del soplo del amor de Cristo, se efectúa ese pasar de la aridez a la creación común. Y cuando una comunidad es fermento de reconciliación en esa comunión que es la Iglesia, lo imposible se torna posible.

Intentas ser levadura en la masa, tratas de amar a la Iglesia, y chocas tan a menudo con divisiones internas que van hasta desgarrar los miembros del Cuerpo de Cristo, de su Iglesia. Lo que distingue a los buscadores de reconciliación es que, en pos de Cristo, no procuran abolir, sino dar cumplimiento, procuran más comprender que exhortar. Permanecen dentro, hasta que lleguen a ser transfiguradas las fragilidades mismas de la Iglesia.

Ante las rivalidades que inmovilizan, nada tan esencial como ponerse en marcha para visitarse unos a otros, escucharse, celebrar juntos el misterio pascual.

Cuando surge el miedo a ser criticado, tu reacción espontánea, para protegerte, puede ser la de tomar la delantera, criticando tú el primero. ¿Emplearías el arma tan poco evangélica de la mala conciencia para obtener algo de tu interlocutor? Procura comprender al otro en esa confianza esencial de corazón, la inteligencia seguirá luego.

En vez de encender un fuego con paja, da tu vida hasta el fin; día tras día, ella irá convirtiéndose en creación junto con Dios. Mientras más avanzas en una comunión con Cristo, más serás impulsado a actuar en lo concreto.

Hermano Roger de Taizé