Navidad se escribe con humildad

La Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. La salvación que nos llega en la Navidad es experimentada como un estallido de luz en medio de la oscuridad, como algo total­mente nuevo, como una nueva creación, como un nuevo nacimiento. Y a pesar de que la oscuridad continúa en el mundo, nosotros queremos celebrar la irrupción de esta luz nueva que reviste a la tierra, ya que la historia ha dado un vuelco imparable y definitivo en su orientación: ahora la historia es por fin historia de Dios, y la luz brillará en las tinieblas y el mundo resplandecerá con el gozo de su presencia.

Al celebrar la luz nueva, esta vida nueva, el nuevo no pretendemos ni olvidar, ni ignorar, ni ocultar la realidad oscura y tenebrosa del mundo que nos rodea y al que pertenecemos. Lo que afirmamos con fuerza es que estamos convencidos de que hacemos más encen­diendo una pequeña luz de esperanza, que desgastándonos en una queja interminable y estéril por las situaciones caóticas que padece nuestro mundo y especialmente los de siempre, los más pobres.

Nuestra aportación navideña no tiene grandes aspiraciones, pretende algo muy sencillo: sembrar semillas de esperanza, de alegría, de paz, de comprensión, de servicio mutuo y de solidaridad. Si la celebración agradecida de esta Navidad nos lleva a abrirnos a la esperanza, es porque tenemos la certeza de que al fin todo será liberado de la esclavitud, y por ello podemos adentrarnos en un ámbito de verdadera contemplación que nos lleva a mirar a todos los hombres y a la creación entera con la misma mirada de Dios. Por eso podemos alegrarnos, por eso tenemos esperanza, por eso sabemos que la luz siempre brillará en la oscuridad y jamás las tinieblas del odio, del egoísmo, de la soberbia, del orgullo, de la autosuficiencia y de la muerte, podrán ocultar la luz que nos nace de María la Virgen.

Si nos dejamos iluminar por la Luz Nueva de la Navidad todas las realidades humanas pueden ser transformadas. Esta Luz Nueva nos hace sinceros y nobles, transparentes y veraces, servidores humildes del bien común, del trabajo por la paz desde la propia pacificación, solidarios desde la propia entrega a los demás y buscadores de los intereses de los demás por encima de los propios. Para ello tenemos que escuchar esos sentimientos de ternura, de bondad, de solidaridad que estos días surgen de nuestro corazón deseoso de llegar a la paz interior y a la fraternidad entre los hombres y mujeres de todos los pueblos y creencias.

María, nos acompaña en este proceso de interioriza­ción y de contemplación, para poder entender así que Navidad se escribe con humildad porque un niño nos nacido. Con humildad porque el amor inmenso, incondicional y definitivo se ha hecho presente: tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo. Con humildad porque en Él había vida y la vida era la luz de los hombres. Con humildad porque la ilusión esperada se ha cumplido y porque es don gratuito: de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Con humildad porque la alegría es auténtica, verdadera y definitiva, porque Dios llega a nosotros y permanece con nosotros: acampó entre nosotros.

María, Madre del Salvador, virgen fecunda, muéstranos a Jesús, el fruto bendito de tu vientre: la Palabra de la Vida, la Luz de los hombres.