El evangelio nos sitúa ante el riesgo de la destrucción final del hombre y del mundo. La acumulación de tragedias en la naturaleza, las guerras de gran devastación con la aniquilación de miles de niños inocentes, el colapso de la ética, el ahogamiento de la decencia en las relaciones políticas, la asfixia de los valores humanos fundamentales, la oficialización de la mentira en los medios de comunicación virtual, la dictadura de la cultura materialista con el consecuente exilio de la dimensión espiritual, nos llevan a pensar si no tendrán razón los profetas bíblicos cuando escriben sobre los tiempos apocalípticos. Las profecías no pretenden anticipar las desgracias futuras. Tratan de señalar las tendencias ya existentes que, de no ser frenadas, traerán las desgracias anunciadas.
Siempre me ha impresionado este texto estremecedor: El Señor vio cuánto había crecido la maldad de los seres humanos en la tierra y cómo todos los proyectos de sus corazones tendían hacia el mal. Entonces el Señor se arrepintió de haber hecho al ser humano en la tierra y su corazón se entristeció. Y dijo el Señor: Voy a exterminar al ser humano de la faz de la tierra y a los animales, los reptiles y las aves que creé con él, pues me pesa haberlos creado (Gen. 6, 5-8) ¿Qué tipo de experiencia llevó a su autor a escribir lo que escribió? El mal que actualmente se propaga por el vasto mundo hace pensar a muchos algo semejante.
Parece que andan sueltos los cuatro caballos del Apocalipsis, con sus jinetes destructores: el caballo blancoque imita la figura de Cristo. Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre diciendo: yo soy el Cristo y engañarán a muchos (Mt. 24,4-5). Hoy pululan entre nosotros, aquellos que reúnen multitudes en sus templos y predican el odio, la difamación y la satanización de los demás; todo lo contrario de lo que Jesús predicó. El caballo de fuego que simboliza la guerra, en la que nos degollamos unos a otros. Son muchos los lugares bélicos, con gran destrucción de vidas. El caballo negro que simboliza el hambre y la peste. Hemos sido visitados por la peste del coronavirus, ahora por el dengue, por la influenza que causan enfermedades a millones de seres humanos. Y, finalmente, el caballo bayo con el color amarillento de los cadáveres, que simboliza la muerte, que en nuestros días victimiza, de innumerables formas distintas, a millones de seres.
En nuestros días no necesitamos que Dios intervenga para poner fin a esta historia siniestra. Nosotros mismos hemos creado el principio de autodestrucción con armas químicas, biológicas y nucleares que pueden diezmar a toda la humanidad y a la naturaleza con sus animales, reptiles y aves del cielo. Y no quedará nadie para contar la historia. Sí, el destino de la vida está en nuestras manos. Si hubiera una escalada nuclear y se usaran ojivas estratégicas significaría el fin de la especie humana y de la vida.
Además de la amenaza nuclear que para algunos es inminente, tenemos también la emergencia del cambio climático. Ejemplo de ello son la Dana y, en otros lugares, inundaciones devastadoras, que además han eliminado del mapa ciudades enteras. James Renwick, científico neozelandés dice que el cambio climático es la mayor amenaza que la humanidad ha enfrentado con el potencial de arruinar nuestro tejido social y modo de vida. Tiene el potencial de matar a miles de millones de personas a través del hambre, de la guerra por los recursos y por el desplazamiento de los afectados.
¿Qué podemos esperar? Todo. O bien, nuestra desaparición, por culpa e inercia nuestra, o bien, la irrupción de una nueva conciencia que opta por la supervivencia, con el cuidado de nuestra humanidad y de la Madre Tierra. El conocido economista-ecólogo Nicolas Georgescu-Roegen sospechaba que, tal vez el destino del ser humano es tener una vida breve pero febril, excitante y extravagante, en vez de una vida larga, vegetativa y monótona. En ese caso, otras especies, desprovistas de pretensiones espirituales, como las amebas, por ejemplo, heredarían una Tierra que durante mucho tiempo todavía seguiría bañada por la plenitud de la luz solar.
Somos desde hace tiempo aquellos sobre los que tú ya no gobiernas, los que no llevamos ya tu nombre ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! (Is. 63,19) Nos queda ser como Abraham que contra toda esperanza tuvo fe en la esperanza (Rom. 4,18), pues la esperanza no nos defrauda (Rom. 5,4), y creer en el mensaje del Apocalipsis: Vi un cielo y una tierra nuevos, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el infierno ya no existía… Oí una gran voz que decía: esta es la tienda de Dios entre los seres humanos. Él levantará su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y el propio Dios con ellos será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos y la muerte ya no existirá, no habrá luto, ni llanto, ni fatiga, porque todo eso ya pasó
(Ap. 21,1- 4)





