En aquel viernes tremendo, Jesús se encontraba desnudo, impotente, totalmente vacío. No tenía a qué agarrarse. Su seguridad interior, desapareció. A gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte… y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. El Padre, callaba. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Soportó el descabellado final de un amor vivido hasta el extremo –Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen- y de una confianza ilimitada –Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu-, para transmitirnos como legado perenne que el amor nunca se desperdicia porque su valor no se basa en la reciprocidad (C.S. Lewis)
Relacionamos las noches oscuras con los santos y los místicos. La noche del espíritu -oscura y terrible- de san Juan de la Cruz, en la cual el alma ya no consigue creer en Dios, llega a dudar de su existencia y se siente condenada al infierno. La de santa Teresa de Lisieux, la dulce mística de las cosas cotidianas: no creo en la vida eterna; me parece que después de esta vida mortal, no existe nada: todo desapareció para mí, solo me queda el amor. La de Dietrich Bonhoeffer, teólogo mártir del nazismo, que aconsejaba vivir el amor en el servicio a los demás como si Dios no existiese. Y más próxima a nosotros, la noche de santa Teresa de Calcuta, icono del amor a los moribundos, que vivió durante casi 50 años en un profundo desamparo interior: en mi propia alma siento un dolor terrible. Siento que Dios no me quiere, que Dios no es Dios y que Él verdaderamente no existe… Hay tanta contradicción en mi alma: un profundo anhelo de Dios, tan profundo que me hace daño; un sufrimiento continuo y con él el sentimiento de no ser querida por Dios, rechazada, vacía, sin fe, sin amor, sin cuidado; el cielo no significa nada para mí, me parece un lugar vacío.
La vida es dramática. Una y otra vez ocurren situaciones dolorosas. El corazón, tomado por sorpresa, no logra aceptarlo y se subleva. Se estremece ante la oscuridad de la noche. Y la noche no es solo la de los místicos, la noche a todos nos resulta familiar. De noche iremos, de noche que, para encontrar la Fuente, sólo la sed nos alumbra (San Juan de la Cruz)
La fecundidad de la noche no está en que nos libera de las cosas inmediatas, sino que libera en nosotros la capacidad de ver más allá de lo inmediato. Nos obliga a ver lo exigente más allá de lo útil. Nos hace superar la necesidad y nos hace crecer hasta el deseo. Por eso nos capacita para el despojamiento. El dolor es fecundo, sólo si nos capacita para volar.
En la noche, al quitarnos con la luz la presencia de lo inmediato, se vuelve a encender allá arriba, muy lejos, la luz de las estrellas inmensas. Porque las estrellas necesitan de la oscuridad para poder brillar. O tal vez no sean las estrellas las que necesiten de la oscuridad. En realidad, somos nosotros los que necesitamos de la oscuridad para poder ver esos inmensos astros de las lejanías que estaban allí, brillando desde siempre. Porque al arrebatarnos lo inmediato, la oscuridad nos capacita para ver lo real que brilla mucho más lejos. Nos ensancha el horizonte a las dimensiones del universo, al Misterio escandaloso de la Gloria de Dios en el Crucificado.
JESÚS, HIJO DE DIOS,
QUE NOS REDIMISTE CON TU SANGRE PRECIOSA,
TEN MISERICORDIA DE NOSOTROS





