Sal de la tierra y luz del mundo

Padecemos una profunda falta de ser. Tenemos necesidad de poseer una identidad, de saber quiénes somos, de existir a nuestros propios ojos y a los de los demás. Nacemos con una herida insondable e intentamos llenar ese vacío compensándolo con una identidad. Así es como nos fabricamos un ego, diferente del auténtico ser, de modo simi­lar a como se infla un globo. Este yo artificial requiere un gran gasto de energía para sostenerse; y, como es frágil, necesita ser defendido. Los límites de este globo se mantienen vigilados por ‘turnos de guardia’ que protegen esta identidad ficticia: ¡y ay de quien la discuta o la amenace!; ¡ay de quien la ponga en cuestión o entorpezca la expansión de nuestro yo!, pues se conver­tirá en objeto de sus violentas reacciones. El orgullo y la dureza siempre van unidos.

Nuestra verdadera identidad, mucho más hon­da que el tener o que el hacer, que las vir­tudes morales y las cualidades espirituales, es la que vamos descubriendo poco a poco viviendo bajo la mirada de Dios; la que nadie, ni ningún aconteci­miento, ni ningún desfallecimiento, ni ningún fracaso podrán arrancarnos nunca. Nuestra identidad, nuestro ser tiene otro origen distinto de nuestros actos, y mucho más profundo: el amor creador de Dios que nos ha hecho a su imagen y vive para siempre en nosotros como nuestro verdadero ser.

En las noches oscuras ya no podemos apoyarnos en nuestras luces, ni en nuestros conocimientos, ni en los talen­tos y capacidades, ni siquiera en nuestras virtudes. Estos debilitamientos son una bendición por­que nos ayudan a poner la identidad allí donde realmente está. Nos descubrimos absolutamente pobres e incapaces de cualquier bien y cualquier amor, y capaces de todos los males que existen en el mundo. El fin de nuestros empobrecimientos no es otro que impedir toda posibilidad de apoyarnos en el bien de que somos capaces para que la misericordia de Dios se convierta en el único fundamento de la vida. Dios no me ama por el bien del que soy capaz, o por el amor que le tengo, sino que me ama de manera absolutamente incondicional, porque es Padre: misericordia y ternura infinitas.

La persona que reconoce que su identidad es ser sal y luz previamente ha experimentado su insignificancia, su absoluta miseria, pero en ese abismo ha acabado descubriendo una ternura inefable, el amor plenamente incondicional de Dios. Desde ese mo­mento no tiene más que un solo apoyo, una única luz, una sola esperanza y una única riqueza: la ilimitada misericordia del Padre; ésta es su total seguridad. En ella, se han realizado las palabras que Dios dirige a Israel por boca del profeta Isaías: entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás y te dirá: ‘Aquí estoy’… brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.

Quien descubre que es sal de la tierra y luz del mundo es feliz y hace el bien. Acoge con alegría y gratitud lo que recibe gratuitamente. No le inquietan sus debilidades. No ambiciona nada y no teme nada. No se siente amenazado por nadie. Nada tiene que perder o defender. Es el pobre de las Bienaventuranzas, desprendido, humil­de, misericordioso, manso, hacedor de la paz. La pobreza espiritual, la absoluta dependencia de Dios y de su misericor­dia, le otorga la libertad interior. Es como un niño, una niña, que lo acepta y lo espera todo, absolutamente todo del Padre, un instante tras otro, como Jesús de Nazaret.

Hoy hemos escuchado una noticia maravillosa: podemos abrirnos sin miedo a nuestra realidad, a lo que somos. No estamos ni estaremos nunca solos. Alguien ha penetra­do, amorosa y misericordiosamente, en el misterio de nuestra humanidad más íntima, como alguien que habita en nosotros para liberarnos, para iluminarnos, para quedarse siempre con nosotros, amándonos sin condiciones. Y, entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor.