
En esta fiesta de san Benito agradecemos el poder estar reunidos, un día más, por puro designio amoroso de Dios. No es algo mágico o mítico. Así es como se expresa la Voluntad de Dios en la vida, a través de los acontecimientos que nos suceden y que nunca podremos explicar del todo, incluso aunque nos ayudemos de todas las ciencias auxiliares que nos facilitan la comprensión de esta vocación. El porqué hoy está sucediendo lo que estamos celebrando y viviendo, escapa en último término a nuestra comprensión. Por lo tanto, nuestra actitud desde la fe, ante una nueva celebración anual de san Benito, no puede ser otra que la del asombro y la gratitud.
Y en medio de todo ello, se alzan dos palabras: escucha hijo. Así comienza el prólogo de la RB, y en estas dos palabras se encierra todo lo que san Benito nos dirá después. Es el mismo Señor quien nos dice: “soy yo quien te ha traído aquí. Estoy aquí, y soy todo para ti, aquí en este lugar, en este estilo de vida concreto. Viviendo esta vida sencilla, escondida y laboriosa es como se va a ir manifestando lo que quiero de ti. Por eso, lo único que tienes que hacer es escucharme. Escuchar cómo me paseo como por mi casa en este paradisus claustralis; escuchar cómo me deleito con los hijos de los hombres en tus hermanos de comunidad; escuchar cómo te voy indicando mi voluntad, mi querer, en el acontecer cotidiano de este estilo singular de vida; escuchar el murmullo suave de mi Presencia en los buenos deseos y en las resistencias internas, en los encuentros y también en los desencuentros fraternos, en la salud y en la enfermedad, desde la salida del sol hasta su ocaso”.
Jesús se nos entrega plenamente en este pequeño universo que es la comunidad de Santa María de Sobrado, y por eso, todo en este lugar es objeto de escucha, todo, hasta lo que no queremos escuchar, o quizás, eso que precisamente no deseamos escuchar es a lo que más debemos prestar atención.
Podemos preguntarnos, ¿dónde está el secreto para mantener una escucha permanente y constante? Una cosa está clara: no está en nosotros, sino en Dios. No hemos venido al monasterio a ser santos, ni a ser perfectos, ni a ser buenos, ni a ser razonables. No a nosotros Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. Nosotros no contamos nada, porque hemos venido al monasterio a morir, porque todo lo estimamos pérdida con tal de ganar a Cristo y a éste Crucificado. Nosotros no contamos nada, porque queremos tener corazón de discípulo y porque sabemos que para nosotros la vida es Cristo y una ganancia el morir. No a nosotros Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. La gloria de Dios que es la vida del hombre. Por eso estamos aquí, por el deseo íntimo de nuestro corazón: estoy crucificado con Cristo, vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi.
Éste es el secreto de la escucha, la garantía de poder llevarla a cabo y también su único sentido. Estar a la escucha es estar atento, ser todo atención en actitud obediente ante Aquel que es el origen, el camino y la meta de nuestra vida en la que Él se nos manifiesta plenamente.
Es un camino de desapropiación, de desprendimiento, de dejarnos hacer y moldear por Dios a través de los hermanos en la vida cotidiana en el monasterio. No tiene ningún misterio, es una vida muy sencilla. Y algo tan simple puede resultar una aventura fascinante, siempre y cuando no nos resistamos a tomar contacto con la propia tierra, con nuestro humus y, en una actitud de interioridad, nos dejemos conducir por el Espíritu de Jesús que nos guía por los caminos de la humildad.
Dicen que la puerta del corazón se abre por fuera. Esta frase tan enigmática, nos sugiere algo valioso que puede ser esclarecedor. Cuando nos convertimos, cuando cambiamos, cuando nos entregamos a los demás, cuando somos generosos, creemos que el corazón lo abrimos nosotros por dentro. Pero, no es así. En realidad, son los otros, por fuera, quienes de verdad nos abren la puerta. Ninguno de los miembros de una comunidad monástica es perfecto. Son sus limitaciones, sus exigencias, incluso sus impertinencias las que nos abren la puerta a otra realidad. Por eso, si uno quiere convertirse, cambiar, abrirse, estar disponible, lo que ha de hacer es dejar que los otros, sobre todo los débiles, le abran el corazón por fuera. Lo que tiene que hacer es ponerse a tiro para que los hermanos de comunidad le abran el corazón, ese corazón que cada uno guarda, custodia y defiende. Dejarse abrir el corazón es mucho más difícil que abrirlo uno mismo.
En esta fiesta de San Benito, agradecemos de corazón el regalo de vivir juntos en esta escuela del divino servicio en la que la misericordia entrañable es el vínculo de la perfección. La misericordia es origen, camino y meta de nuestra vocación benedictina. Y por eso, con la sabiduría que la caracteriza, la RB lo formula así: Él nos lleve a todos juntos a la vida eterna.
Desde la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor





