San Bernardo no fue un hombre perfecto, fue un santo muy humano que fue aceptando su propia realidad y descubriendo en ella el lugar de su encuentro con Dios. Sabe que sólo la misericordia de Dios puede realizar la verdadera conversión del corazón. El misterio del amor de Dios le va poseyendo y le va convirtiendo. Su opción por la vida monástica es renovada radicalmente cada día. La vida comunitaria fue su verdadera maestra, la escuela del amor, de la comprensión y de la paciencia. Sin la comunidad su vida y su doctrina no se entienden. Bernardo sin la comunidad hubiera sido otro hombre.
San Bernardo nos recuerda el drama de la conciencia, que está falsificada por el desconocimiento de sí y por el orgullo, y que por tanto sólo se puede recuperar mediante el conocimiento propio y la humildad. Bernardo habla de la verdad de sí mismo o conocimiento propio, la verdad de los otros o conocimiento del prójimo y la verdad en sí misma o conocimiento de Cristo-Verdad y de Dios. La primera genera humildad, la segunda compasión, la tercera contemplación. La verdad de sí revela nuestros límites humanos, nuestra miseria, dice Bernardo. Conocerse a sí mismo sin escapatoria, sin tratar de justificarse, ya es amarse a sí mismo. Es la verdad básica, de la que nace una cierta misericordia hacia el propio ser frágil, y uno se va despegando de su autosuficiencia.
Si el conocimiento básico de sí consiste en adquirir conciencia de la propia miseria, la humildad básica consiste en ser capaz de aceptarla y asumirla. Lo cual nos vuelve mansos, nos baja los humos en relación con los demás, nos capacita para ser compasivos con las miserias ajenas. En lenguaje de Bernardo, es saberse enfermo, feo y deforme, enajenado de Dios y de sí mismo, sin discernimiento ni complacencia en el bien, “encorvado” hacia la materia, sin rectitud moral. El que ve la propia verdad se hace pequeño, se desdiviniza, deja a un lado todo sueño de engreimiento y suficiencia, ocupa el lugar que debe ocupar. Así define Bernardo la humildad: Es una virtud que incita al hombre a autorrebajarse ante el verdadero conocimiento de sí.
Pero este autorrebajarse no significa envilecerse o menospreciarse, sino que se deja de representar un personaje, aunque sea el de un santo, como hace el fariseo, que se desconoce a sí mismo y por eso es orgulloso y duro con los demás. Se trata de reconocernos tal como somos, amándonos y aceptándonos así, sin autoengañarnos proyectando una imagen ideal y bonita, que en el fondo no es más que un ídolo. El comienzo del verdadero amor a sí mismo consiste en la aceptación de que somos una imagen fea y deforme, sin hundirnos por ello en la depresión o el autorrechazo. El que acepta, acoge y ama su fealdad ante sí mismo y ante Dios se refugia en la misericordia y tiende a la conversión mediante la contrición y la compunción del corazón.
Aquel que aspira a alcanzar de Dios misericordia, practica él mismo misericordia con los demás. Surge espontánea por un movimiento de universalización de la propia experiencia personal y de empatía, porque quien se conoce a sí mismo, conoce cómo son todos en su deformidad y sabe con el salmista que todos son unos mentirosos. Es capaz de leer el alma de los demás en la suya propia, y comprender el sufrimiento ajeno en el propio.
El humilde, aquel que conoce al hombre porque se conoce a sí mismo, juzga a su hermano con mansedumbre, porque su propia verdad le ha hecho manso y le ha quitado todo complejo de superioridad, le ha bajado del cielo y le ha puesto en su sitio, que es la tierra, el humus, de donde deriva la palabra humildad. Ahí, en la propia miseria, se nutre la empatía y la misericordia.
En la mente de san Bernardo, sólo el humilde puede amar: amarse a sí mismo en la aceptación de la propia miseria; amar al prójimo tal como es, y no tal como quisiéramos que fuera, y amar a Dios en su verdad, no en nuestras proyecciones. Bernardo ha descubierto antes que la psicología moderna que la verdad propia lleva a la verdad ajena, que la aceptación incondicional de sí es condición básica para la aceptación incondicional del otro, con todo lo que le hace otro y distinto, y que el orgullo ciega el conocimiento propio y de todo lo demás.
Que María la Virgen, a quien Bernardo se acercó con infinita ternura, nos ayude a descifrar los códigos de nuestras falsas ilusiones y de nuestras ataduras imaginarias, para seguir buscando, desde una verdadera pasión por la Verdad y por nuestra verdad, y con el corazón dilatado por la gracia, los nuevos caminos en los que hoy tenemos que ofrecer el mensaje de Jesús de Nazaret a los hombres y mujeres que se acercan a nuestros monasterios.





