Bernardo de Claraval como monje y como hombre de espíritu, conecta en su vida personal con una gran tradición bíblica, patrística y monástica, con la que comparte la convicción de que la sabiduría humana no basta para dar explicación a la existencia de quienes hacen de Dios el centro de su vida. Sabe que nunca llegará a ser él mismo si no se interesa por aquello que está más allá de él. Tiene una imperiosa necesidad de trascendencia y de trascenderse.
Su perfil psicológico es el de un artista, un apasionado de la belleza. Tiene el coraje de poner en segundo plano las letras y el conocimiento intelectual de Dios, ya que aspira antes que nada a la “experiencia”. Ante sus oyentes no expone lo que él sabe sino lo que vive, porque comprendió que lo fundamental era la vida y no las ideas. Desde este enfoque puede entenderse toda su actividad, ya que él mismo es un testimonio fiel de que la edad cabal no se alcanza automáticamente porque vayan pasando los años, sino al precio de una experiencia interior hecha de tenacidad y constancia.
Ya desde sus primeros escritos nos ofrece indicios de poseer un temperamento proclive a los extremos, aunque equilibrado en las ideas. Durante toda su vida fue un hombre de combate, de polémica. Conoció enfrentamientos y decepciones, sufrimientos y alegrías. Observamos en su obra la irrupción de deseos espontáneos, de pulsiones temperamentales que parecen referirse a ciertas tendencias de agresividad y de deseo de dominar. Pero junto a estos, están aquellos mecanismos de defensa mediante los cuales trata de justificar sus deseos, poniéndolos de acuerdo con sus pretensiones. De esta manera contemplamos a Bernardo, el doctor melifluo, el amigo del Esposo, como un asceta que necesita, constantemente, que su vida sea evangelizada.
Es muy consciente de que en cualquier obra humana es preciso lucidez y coraje. La lucidez requiere humildad, y el coraje, desprendimiento de sí mismo. Está persuadido de que hay que trascenderse para entregarse a una acción que ha de estar de acuerdo con los principios que se profesan.
Olvidado por completo de sí, y totalmente perdido, se lanza sin reservas a Dios y estrechándose con él se hace un espíritu con él (SBer, AmD XV,39).
Habiendo gustado el alma qué bueno-dulce-suave es el Señor… retiene su sabor en el paladar de su corazón… con ello sucede que ya no desea ningún bien suyo, sino al Señor mismo (SBer, Var 3,1).
Bernardo realizó la integración de las tendencias, pero con las dos salvedades siguientes: que no fue algo espontáneo, sino que exigió un trabajo continuo. Y, además, que no fue algo totalmente terminado. Tampoco fue que fracasara, pues en esta empresa nunca se llega al final del todo. El éxito consiste precisamente en el trabajo constante, y hasta incluso supone la aceptación del fracaso. Y todo esto sí que se verificó en Bernardo.
¿Puede conseguir esto la carne y la sangre, el vaso de barro y la morada terrena? ¿Cuándo experimentará el alma un amor divino tan grande y embriagador que, olvidada de sí y estimándose como cacharro inútil, se lance sin reservas a Dios, y uniéndose al Señor, sea un espíritu con él? … Dichoso y santo quien ha tenido semejante experiencia en esta vida mortal, aunque haya sido muy pocas veces, o una sola vez, y ésta de modo misterioso y tan breve como un relámpago. Perderse, en cierto modo a sí mismo, como si ya uno no existiera, no sentirse en absoluto, aniquilarse y anonadarse, es más propio de la vida celeste que de la condición humana (SBer, AdD, X,27)
Bernardo nunca se consideró perfecto, y hasta escribió para que esto se supiera, pero también reconoce con humildad una cierta coherencia entre su timidez y el deseo de dominar, entre su vida de intensa actividad y su aspiración a la contemplación. Que San Bernardo, no tan extraño a nosotros sea, hoy y siempre, un acicate para reavivar nuestra vida interior y actualizar nuestro carisma cisterciense.





