Sólo tú, Señor, me haces vivir tranquilo

Al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, aun sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Jesús necesita descansar, como nosotros. Sí que es verdad que no pocas veces acusamos cansancio, experimentando los mismos sentimientos del salmista: … ¡Quién me diera alas de paloma para volar y posarme! Emigraría lejos, habitaría en el desierto, me pondría enseguida a salvo de la tormenta, del huracán que devora, Señor, del torrente de sus lenguas…

Entre los intereses que más nos apremian en la vida están los de encontrar tranquilidad y paz. Tenemos bastante claro en qué consiste esta serenidad que anhelamos: fundamentalmente en una ausencia de problemas y conflictos. Somos muy conscientes de la pesada carga que supone soportarse uno a sí mismo y de ahí nuestro deseo urgente de deshacernos de semejante agitación.

Al sentirnos así, perdidos como ovejas sin pastor, necesitamos acudir a Jesús, recordamos entonces que el Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Y escuchamos su Voz que nos dice: Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Y como un niño en brazos de su madre, sin ambiciones, sin pretender grandezas que superan nuestra capacidad, con la actitud de los pobres, de los que no tienen nada que perder, nos abandonamos en el Único en el que podemos hallar descanso: sólo tú, Señor, me haces vivir tranquilo.

Con esta fe pobre, humilde y confiada ya no hay nada de qué defenderse, nada que perder. Adviene la sensación de una anchura inmensa y el deleite de encontrarnos en un espacio sin fronteras, al abrigo de todo temor. Y lo que es mejor, pacificados y desbordados en agradecimiento, comenzamos a disfrutar de la presencia de Aquél que ha reconciliado al mundo consigo: de Jesús que es nuestra paz definitiva, que nos permite habitar y descansar en la casa del Señor por años sin término.

Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante. Así es Jesús, que movido por la compasión, abandona su amada intimidad para atender a la gente y curar a los enfermos. ¿Y acaso no experimentamos que estamos vivos cuando tenemos un corazón de carne capacitado para amar y ser amados, renunciando incluso a nuestra amada soledad? Pero lo cierto es que tenemos mucho miedo a la vida porque tememos al amor.

Nosotros que tanto perseguimos al amor y tanto anhelo ponemos en su conquista, tenemos que saber que no hay modo alguno de apresar la ligereza del amor sin gustar la pérdida doliente de su marcha. Viene y se va. Entra a sus anchas en el recinto de nuestro interior y después nos deja con la miel en los labios, con su corona de flores en las manos… Las siguientes palabras de San Agustín nos enseñan cómo nos hacemos capaces de amar desde Dios todo lo genuinamente humano: ¿Qué es lo que yo amo al amarte a ti? No es la belleza del cuerpo, ni su gracia perecedera, ni el brillo de la luz del agrado de mis ojos, ni las dulces melodías, ni los cantos de variados tonos, ni el suave olor de las flores, ni los perfumes, ni los aromas, ni el maná, ni la miel, ni los miembros hechos para los abrazos de la carne. No, no es todo eso lo que amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, cuando amo a mi Dios, amo una luz, un perfume, un alimento, un abrazo… Es la luz, la voz, el perfume, el abrazo del hombre interior que hay en mí, allí donde resplandece para mi alma una luz a la que ninguna extensión puede limitar, allí donde suenan unas melodías que el tiempo no puede llevarse, allí donde se desprenden unos perfumes que se disipan con el viento, allí donde se degusta un alimento que ninguna avidez puede agotar y unos abrazos que ninguna saciedad puede aflojar. Esto es lo que yo amo, cuando amo a mi Dios.

¿Acaso podemos aspirar a mayor regalo que éste que ya se nos ha concedido, de que Dios mismo se haga presente en la vida? Podemos descubrirlo en la creación, que es obra de sus manos; en la historia humana, que es el lugar de su revelación; en los seres humanos, que son sus hijos amados. Todo es ocasión para su manifestación amorosa para con nosotros. Dios no sabe qué hacer para decirnos que nos ama, y de qué manera nos ama. Todo le parece poco. Es como si la vocación divina de Dios consistiese en manifestarnos lo mucho que nos quiere.

Y, por eso, Jesús que es “el pan de vida”, sacia a las multitudes hambrientas multiplicando el pan y el vino. Dios quiere que todos comamos y que se reparta la comida, que haya solidaridad en los alimentos y bienes de este mundo. Los tiempos mesiánicos se caracterizarán por el banquete de los pobres y la abundancia de la comida y la calidad de la bebida. Jesús quiere que preparemos su Banquete Universal en este Gran Sacramento que es el mundo. Jesús mismo coge el pan, que es el fruto de nuestro trabajo, para convertirlo en su Cuerpo. Y transforma nuestra uva prensada con esfuerzo, en gotas de su Sangre. Uniendo su lucha a la nuestra, nos prepara para el día de su Reino. Y de esta manera es como la Vida se convierte en el Gran Sacramento de Su Presencia.

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