
El evangelio de hoy (Mc 30-34) termina diciendo que Jesús se compadece de la multitud, una multitud formada por gentes de todas las aldeas, que andaban como ovejas sin pastor, no tenían quien los cuidara. Jesús es el buen pastor, que siempre cuida, que se compadece, que cura las heridas, que se fija en las necesidades de los demás.
A todos nos gustaría ser compasivos como Jesús, mirar a la gente con bondad y compasión – y la verdad es que este deseo corresponde a nuestra identidad más profunda: puede costarnos creerlo, pero todos somos bondad y compasión, porque todos somos creados a imagen y semejanza de Dios. Y lo verificamos fácilmente: todos nos sentimos más felices cuando cuidamos, amamos, nos compadecemos, colaboramos, ayudamos… Por eso, sabemos que esa es nuestra verdad.
Aunque corresponda a nuestra verdad, un corazón compasivo no se improvisa ni nace de un impulso de la voluntad. Todos sabemos que, en determinadas circunstancias, no somos nada compasivos.
Entonces, ¿cuál es la vía para acceder a nuestro corazón compasivo? «Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor…» Ser mirado con compasión es lo que libera en nosotros la mirada bondadosa y compasiva. Cuando somos cuidados, cuando somos amados en nuestra experiencia de fragilidad, se dilata nuestro corazón compasivo.
Todos nosotros somos personas frágiles, aunque a veces, para protegernos, nos disfrazamos para aparentar que somos gente fuerte y que lo tenemos todo solucionada en la vida. No, no es verdad, no lo tenemos todo solucionado. Anidan en nuestro corazón preocupaciones, complejos, dudas, culpabilidades, tristezas, tensiones… Jesús, el compasivo, vino para los enfermos, para los pecadores, para los necesitados… Somos nosotros. Jesús no es una idea, es una persona, vive en nuestro corazón, y nos mira con compasión, con cariño, porque nos ama tal como somos, con todo lo que sentimos y cómo somos capaces de vivir. Nos ama cuando somos compasivos y cuando no lo somos. Cada uno de nosotros es un tesoro para él. Nos cuida, nos guarda… Su deseo es vernos crecer en libertad, en alegría, en encanto por la vida, en fraternidad con los demás.
Cuando somos así mirados por Él, entonces, nuestra verdadera naturaleza, nuestro ser compasivo y bondadoso se adueña de nuestro corazón. Nos transformamos en personas más sensibles al dolor de los demás, a las injusticias, a los más pobres… Nos transformamos en personas que cuidan, que acogen, que promueven una cultura de paz y de reconciliación, que trabajan para que todos tengan una vida digna.
Señor Jesús, que te hiciste nuestro compañero y que eres luz en nuestro corazón, condúcenos por los senderos de la alegría, de la sencillez y de la compasión.





