Sube al cielo la Aurora Celestial

Jesús no hacía metafísica; hablaba de su vínculo con Dios y con la vida en parábolas. Contaba cuentos, tomados de la vida cotidiana, y decía que el Reino se parece a… Los ojos de Jesús observaban la realidad con penetración. Ojeaba la siembra, la cosecha, la semilla, la levadura, la sal, la lámpara, los viñadores, los pastores, los amos, los criados … y veía en todo ello cómo es el Reino, cómo es Dios. Las parábolas de Jesús nacieron de sus descubrimientos cotidianos. Algunos se le grabaron más y le enseñaron cómo es Dios: como un pastor que vuelve al monte, ya anocheciendo, para buscar una oveja perdida. Como una mujer que revuelve toda la casa porque ha perdido una de sus diez monedas. Como un padre que se vuelve loco de alegría cuando recupera al hijo que creía extraviado para siempre… Jesús no define a Dios. Dios no es un pastor, ni una mujer, ni tampoco un paterfamilias. Pero a través de esas imágenes quiere que nos hagamos idea de cómo es Dios con nosotros, para con nosotros.
Fueron muchas las imágenes que utilizó Jesús de su vida cotidiana: el pastor, el médico, la lámpara, la sal, la semilla, la levadura, el agua, el vino, el pan… Pero la que le marcó, sobre todo, como nos ocurre también a nosotros, fue la convivencia con sus padres. Jesús los disfrutó durante años y, me gusta pensar, que emocionándose de admiración, de ternura y de agradecimiento. Lo fueron todo para él, se lo enseñaron todo: la bondad, la honradez, el vigor, la entrega… Y a la hora de hablar de Dios, ninguna otra imagen de este mundo fue mejor que la de sus padres. Ésta imagen fue la decisiva: así, como son mis padres, así es Dios.
Jesús se dirigía a Dios, como se dirigía a sus padres en Nazaret: y así lo sentía. De aquí que el nombre que Jesús daba a Dios era Padre, o mejor aún, Abbá, Papá/Mamá. Así se dirigía a Dios habitualmente, y esa será su última palabra antes de morir. Estando hundido y desolado, volvió a gritar a Dios con la dulce palabra, con la entrañable imagen de su infancia: Abbá, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Y no solamente lo usó para sí mismo, sino que cuando los discípulos le pidieron que les enseñase a orar, les recomendó dirigirse a Papá.
A lo largo de la historia, todos los seres humanos han imaginado a la divinidad. Y casi siempre, la han entendido desde la sumisión, desde la fascinación o desde el miedo. Existe ‘Alguien’, uno o muchos, que son poderosos, que son amos, que pueden dar y quitar, premiar y castigar, que gobiernan el mundo, a los que hay que someterse. Se les aplaca en los templos, se les ofrece sacrificios, se suplica su protección, se obedece a sus representantes, los sacerdotes… Sin embargo, Papá, lo cambia todo. Desaparece el miedo, cambia el sentido del pecado, nace la confianza absoluta, se recupera la dignidad: todo esto es lo que significa Abbá, y lo que supone conducirse en la vida como ‘hijo’.
Esta es la Buena Noticia. Esta es la Palabra que lo cambia todo. Decir de corazón Papá es cambiar el mundo, dejar atrás religiones de miedos, castigos, cumplimientos, sentirse de verdad hermano entrañablemente en comunión con todos… y todo ello, como un niño confiado, alegre, entusiasmado porque todo adquiere su sentido y valor, porque la vida se ha iluminado desde que Jesús nos enseñó el verdadero rostro de Dios, desde que pronunció la palabra definitiva: Abbá, Papá/Mamá.
Jesús nos trasmitió que se sentía ante Dios como se sentía ante sus padres: seguro, amado, afirmando la vida, en la casa de Nazaret. Porque Jesús no nos desvela los íntimos secretos de la Divinidad en sí misma; Jesús habla de cómo se siente él mismo ante Dios, de cómo siente a Dios mismo respecto a todos y a todo. Abbá nos trasmite cómo está Jesús ante Dios y lo que es Dios para él. Esta podría ser la experiencia de Jesús: En medio del odio descubrí que había, dentro de mí, un amor invencible. En medio de las lágrimas descubrí que había, dentro de mí, una sonrisa invencible. En medio del caos descubrí que había, dentro de mí, una calma invencible. Me di cuenta de que, a pesar de todo, en medio del invierno había, dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque esto dice que no importa lo duro que el mundo empuja contra mí; en mi interior hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta (Albert Camus).
La historia nos ha enseñado que cuando los fieles se aproximan al templo no son recibidos por el Padre que les acoge con cariño sino por el juez que les amenaza. De esta manera, Abbá ha muerto y Jesús de Nazaret también.
El pueblo cristiano fue privado de Papá y su fe se salvó por María, la Madre. La Madre no daba miedo, porque no era Dios. Al ignorar la Buena Noticia, Dios y Jesús daban miedo. Se había sustituido a Abbá, en quien se puede confiar, que da seguridad y cariño, por el Dios Todopoderoso, lejano y más bien temible. Y se había sustituido a Jesús de Nazaret, el que hacía el bien y curaba porque era compasivo, que era asequible y cercano, por el Verbo Encarnado, un extraterrestre inaccesible, solo semejante a nosotros.
La gente se había quedado sin médico, sin padre, sin amparo. Y encontró a la Madre: refugio de pecadores, consuelo de afligidos, auxilio de los cristianos… exactamente lo que significa Abbá. El pueblo sencillo ha vivido así con esta certeza: Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu auxilio, haya sido desamparado (Bernardo de Claraval)
María ha ofrecido a la gente sencilla una imagen muy mejorada de Abbá. Le ha quitado para siempre su masculinidad patriarcal. Al dirigirnos a María como Madre, poniéndola en el lugar de Abbá, hemos iluminado a Abbá con luz maternal. Hemos entendido por qué en la parábola del Hijo Pródigo no hay madre porque el corazón del padre tiene entrañas maternales.
Hoy celebramos con gratitud esta fiesta de la Asunción de María al cielo. Ella resalta la Belleza, la Bondad y la Verdad, adorna a Dios. De ninguna manera sustituimos a Abbá por María. Pero tampoco renunciamos a la piedad, a la admiración, a la gratitud por nuestra Madre, por la que sentimos a Jesús como uno de nosotros.