Todas mis fuentes están en ti

 

Después de escuchar este largo y polémico discurso sobre el pan bajado del cielo, podemos sentirnos escandalizados como les sucedió no solo a los judíos sino también a muchos de los seguidores de Jesús, que terminaron por abandonarle. Si, con la mejor voluntad, conservamos celosamente nuestra fe en pergaminos y mantenemos ‘medio muerta’ la esperanza con respecto a la revelación de Dios, podemos haber pactado con una blasfemia mucho más peligrosa, en este momento, que cualquier otra blasfemia: que ninguna novedad cabría ya esperar de Dios. Jesús, sin hacer alarde alguno de ostentación, permanece anonadado, mezclado con la masa. Pasa inadvertido, casi como confundido con lo más cotidiano, recordándonos que las cosas de Dios son siempre sencillas. Es el pan nuestro de cada día capaz de alimentarnos en cualquier situación, en los sabores y sinsabores de la existencia. Para encontrarse con el hombre en el corazón de su vida, Jesús se hizo pan.

Abrirse al Espíritu es muy peligroso. Pueden despertarse deseos y pasiones profundas y desconcertantes, y se puede correr el peligro de arruinar convicciones arraigadas. Es muy probable hacerse daño. Es necesario depender de la gracia si se quieren sortear los peligros. Pero no abrirse a las palabras que son espíritu y vida, es aún más peligroso, es mortal. El corazón puede sentirse partido y posiblemente roto. Si se quiere asegurar mantenerlo intacto, es mejor envolverlo cuidadosamente en pasatiempos y distracciones, encerrarlo seguro en la urna o en el ataúd del egoísmo. Pero en la urna -segura, oscura, inmóvil, sin aire- no se perturbará, no cambiará, se volverá irrompible, impenetrable, irredimible. Dice un autor, que el único sitio aparte del cielo donde el corazón puede estar perfectamente a salvo de todos los peligros y perturbaciones, es el infierno.

Dice Santo Tomás de Aquino que la persona que ama debe aflojar ese cerco que le mantiene dentro de sus propios límites. Por esa razón se dice del amor que derrite el corazón: el que está derretido ya no está contenido dentro de sus propios límites, muy al contrario de lo que ocurre en ese estado que corresponde a la dureza de corazón. Solamente el amor rompe nuestra dureza de corazón y nos da corazones de carne.

Nosotros que tanto perseguimos una vida en el amor y tanto empeño ponemos en su conquista, tenemos que saber que no hay modo alguno de apresar la ligereza del amor sin gustar la pérdida doliente de su marcha. Viene y se va. Entra a sus anchas en el recinto de nuestro interior y después nos deja con la miel en los labios, con su corona de flores en las manos. Pero si, como Jesús, hacemos nuestras las palabras del salmista: todas mis fuentes están en ti, entonces nos hacemos capaces de amar desde el Manantial de la Vida, que es Dios, todo lo genuinamente humano, empezando por nosotros mismos.

Jesús es el espejo en el que vemos lo que somos. Estamos en esta vida para desentrañar, saborear y ser envueltos por el Misterio del Amor. Todo es Gracia. El contacto personal con el Dios de la vida, de la vida abundante, nos invita a dejar atrás los caminos ya frecuentados, para aventurarnos por uno absolutamente desconocido y lleno de incógnitas. La vida es una pasión, una aventura, un riesgo, un itinerario a recorrer con los ojos y los oídos abiertos y en el que la única brújula que guía a la meta es la de la compasión y la ternura.

Cuando los viejos saberes y seguridades comienzan a parecernos inservibles y el vértigo se apodera de nosotros, va creciendo, lentamente, la intuición de que la vida que vamos buscando no está vinculada a leyes, templos, ritos, edificios o costumbres, sino a esa palabra por la que Jesús consagró toda su vida: la misericordia. Es entonces cuando pierde interés retornar al mundo ya conocido de certezas sacadas de los libros, y adquiere sentido entrar en contacto con seres humanos de carne y hueso, y descubrir que es junto a la gente más hundida, que nunca está lejos de nosotros, donde se aprende la vida eterna.

¿No tendremos ante nosotros una puerta de gracia para descubrir en nuestra fragilidad ‘un camino nuevo’ en el que la fuerza se manifiesta en la debilidad y la vida en la muerte? ¿No habrá llegado la hora de fiarnos perdidamente del Dios que está trabajando algo nuevo con nuestra pobreza e incluso con nuestra pérdida, y de aceptar ser en la Iglesia y en el mundo ‘portadores de las marcas de Jesús’, de una realidad débil, siempre frágil y nunca acabada?

Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.