Todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis

Si no experimentas los límites de tus fuerzas humanas y no compartes nunca la miseria material o espiritual de tus hermanos, tu oración se mantendrá siempre refinada y respetuosa, pero no superará nunca el estadio de las peticiones mundanas y no llegará a los oídos de Dios.

Si tienes tiempo, antes de entrar en oración, vuelve a leer las parábolas en las que Cristo habla de la oración: la higuera estéril, el amigo importuno y luego todo lo que dice Jesús acerca de la eficacia de la oración.

Compara tu oración con la del amigo importuno o la de la viuda y comprende lo tímida que es tu oración. Dios conoce el fondo de tu corazón y participa de tu angustia. Antes de saber como hay que orar, importa mucho más saber como no «cansarse nunca», no desanimarse nunca, ni deponer las armas ante el silencio aparente de Dios.

Que la intrepidez se adueñe de ti como de la viuda ante el Juez. Vete a encontrar a Dios en plena noche, llama a la puerta, grita, suplica e intercede. Y si la puerta parece cerrada, vuelve a la carga, pide, pide hasta romperle los oídos. Será sensible a tu llamada desmesurada pues ésta grita tu confianza total en El.

Déjate llevar por la fuerza de tu angustia y el asalto de tu impetuosidad. En algunos momentos, el mismo Espíritu Santo formulará él las peticiones en lo más íntimo de tu corazón con gemidos inefables.

¿Has oído gemir a un enfermo presa de un intenso sufrimiento? Nadie puede permanecer inmóvil a esta queja a menos que tenga un corazón de piedra. En la oración, Dios espera que metas ese bemol de violencia, de vehemencia y de imploración para volcarse sobre ti y escuchar tu petición.

Si supieses lo atento que está Dios al menor de tus clamores, no dejarías de suplicarle por tus hermanos y por ti. El se levantaría entonces y colmaría tu espera mucho más allá de tu oración. Se puede esperar todo de una persona que ora sin cansarse y que ama a sus hermanos con la ternura misma de Dios.

Una oración así supone, es cierto, la fe, pero cómo podrías tu orar con tanta perseverancia si no tuvieses una confianza total en Dios que te escucha y te ama. También aquí, Cristo te recuerda que no hay comparación entre lo que pides y la respuesta del Padre: «Yo os aseguro, si tenéis fe y no vaciláis, no solo haréis lo de la higuera, sino que si decís a este monte: Quítate de aquí y arrójate al mar, así se hará».

No puedes ver el sufrimiento de tus hermanos sin ser el amigo importuno que llama a la puerta de Dios a tiempo y a destiempo. Mide el alcance de estas palabras de Jesús: «Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis».

La oración es el comienzo del cielo en tu corazón, pero el cielo no está nunca fuera de ti, está siempre escondido en el fondo de tu corazón y es de dentro de donde brotará el agua viva.

Jean Lafrance, Textos sobre la oración