Todo es Uno

Desde la mente —desde la consciencia de separatividad—, la unidad se percibe como un anhelo, pero, sobre todo, como una meta siempre inalcanzable. Y dado que las creencias, aunque sean erróneas, producen efectos reales, a partir de aquella lectura, fácilmente nos resignamos a dejarla en el olvido.
Es sabido que, en cualquier nivel, la imagen es generadora de actos. Según la imagen que tenga de mí mismo, actuaré de un modo u otro, como verifican cada día los pedagogos cuando observan a los niños. Pues bien, si tengo la imagen de que la unidad es inalcanzable, en la práctica me estoy cerrando la puerta para avanzar en ella.
Ocurre así porque la mente no puede “ver” la unidad. Para ella, lo real es solo un conjunto de objetos —entes— radicalmente separados. Y esto por dos motivos: porque confunde diferencia con separación y, sobre todo, por su propia naturaleza, ya que es imposible pensar sin separar. El resultado es que la mente eleva a verdad lo que ella percibe, lo cual, en la práctica, se traduce en una absoluta consciencia de separatividad.
Solo es posible librarse de semejante trampa no confundiendo diferencia con separación —somos diferentes, pero somos lo mismo— y, sobre todo, entrenándose en acallar la mente y experimentar la sabiduría que yace en el silencio. Aquella sabiduría que había experimentado, como tantas personas sabias a lo largo de la historia, Juan de la Cruz cuando escribió: “Entreme donde no supe / y quedeme no sabiendo / toda ciencia trascendiendo”.
Enrique Martínez Lozano

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