La vida nueva se encuentra tras una puerta estrecha. Puede franquearla quien está dispuesto a morir a su vida vieja y caduca. Sólo se puede cruzar, ‘adelgazado’ de sí mismo. Si se vertiese vino nuevo en odres viejos, estos reventarían. El vino nuevo necesita de odres nuevos. La vida nueva no es la recompensa para quien ha cumplido bien sus deberes. No es algo que tenemos o que podemos conseguir. Es lo que somos. Para descubrir nuestra verdadera identidad y poder vivir desde ella, necesitamos morir al engaño de quien creemos que somos.
Este personaje, que creemos que somos, se ha ido gestando a tan temprana edad y de forma tan inconsciente que se ha convertido en una máscara con la que nos identificamos. Este personaje, vive encorvado sobre sí mismo. Rinde culto a su propia imagen. Está subyugado por la exigencia y el perfeccionismo. Por más que combata y se esfuerce, lo único que sabe hacer es dar vueltas, como una peonza, en torno a su auto-contemplación. Su afán de superación engorda aún más su personaje. Con frecuencia se siente descargado de energía, como poseído por la fatiga y el vacío.
En un momento dado, el personaje llega a tocar techo, rendido ante una sensación vertiginosa de fracaso irremediable. Aparece el anhelo de destensarse, de ‘adelgazarse’, de reconciliarse. Necesita no tomarse tan en serio, dejar de creerse el ombligo del mundo, dejar de ser dios para sí mismo. Necesita dejarse amar por el Dios Bueno, que en el aprieto da anchura, que hace llover sobre justos y pecadores. Necesita conocer al Padre Dios del Evangelio de Jesús, la fuente de su ser.
Si en lugar de luchar aprendiera a aceptar el miedo, el dolor, la incomodidad, la decepción y el fracaso, comenzaría a abrirse la puerta estrecha que conduce a la sabiduría. No es tarea fácil, porque todo cuanto hay dentro de él, quiere mostrar su mejor personaje, tanto a los demás como a Dios. Pero si explorara su vulnerabilidad, se pondría en contacto con una sed insaciable que le permitiría llegar al anhelo profundo de su alma. Si se atreviera a recibir amor por ser quien es, en desnudez, se abriría, la puerta que le conduce al hogar, al paraíso.
He buscado a Dios, con mi luminosa lámpara que todo el mundo envidiaba, he buscado a Dios en los astros,en los pequeños escondrijos de los ratones, en las bibliotecas y en las universidades, con el telescopio y con el microscopio. Hasta que caí en la cuenta de que había olvidado lo que estaba buscando. Entonces, apagué mi lámpara, tiré mis llaves y me puse a llorar. Inmediatamente la luz vino a mí (Ángel Silesius)
El corazón roto, autosuficiente y viejo, sólo puede ser sanado por la Gracia, por la experiencia de un amor gratuito e inmerecido. El milagro de un corazón nuevo, que late al ritmo de la compasión y del amor, de la alegría y de la paz, es un regalo de la Gracia. Alguien tiene que tocar y sacudir el corazón para que se abra. Es un misterio. Se experimenta una dolorosa alegría a través del cual la vida nueva de Jesús va floreciendo ante el desconcertante proceso del anonadamiento, en el que se va perfilando la infinita Anchura de Dios que nunca ha dejado de envolverle a lo largo de toda la vida.
Se estaba celebrando un gran banquete en honor del rey. Todos los invitados están sentados por orden, de acurdo con su rango, y sólo una silla permanece vacía, la que espera la llegada del rey. Entonces, un faquir sufí vestido con harapos hace su entrada, camina directo hacia la silla reservada por el rey y se sienta en ella. El primer ministro no puede creer lo que están viendo sus ojos, se acerca furioso al faquir y tiene lugar el siguiente diálogo:
Primer ministro: ¿Cómo te atreves a sentarte en esa silla? ¿Eres acaso un importante ministro, superior incluso a mi rango?
Faquir: No, soy más que eso.
Primer ministro: Ciertamente, no eres el rey.
Faquir: No, soy más que eso.
Primer ministro: Con toda seguridad no eres el Profeta.
Faquir: No, soy más que eso.
Primer ministro: Entonces, ¿eres Dios?
Faquir: No, soy más que eso.
Primer ministro: (Horrorizado) ¿Cómo puedes pretender ser más que Dios? Más que Dios no hay nada.
Faquir: Sí, y yo soy esa nada que lo es todo.





