8 de octubre – celebración

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El milagro cotidiano del amor

Celebración de Acción de Gracias por los 50 años de nuestra comunidad con los monjes y monjas “parientes” de Sobrado y con los monjes y monjas de Galicia

Estamos reunidos alrededor del altar, símbolo de Cristo. Durante estos 50 años que conmemoramos, ha sido y sigue siendo ley de vida que las personas y los monjes vayan pasando, vayan dejándonos.

El vino, el pan y la palabra nos acompañarán a lo largo de esta ceremonia. Estos elementos de la eucaristía son caducos, como nosotros, por eso necesitamos el soplo del Espíritu que nos trasforme. Los objetos, la actividad, el trabajo, las relaciones, el espesor de la vida, pueden volverse opacos y ser ocasión de desencuen­tro, pero la epíclesis consigue que la realidad se vuelva translú­ci­da: ilumina nuestra mirada y la hace llegar hasta Dios que es su origen.

Toda realidad es una teofanía, es de­cir, una manifestación de Dios. Como monjes, tratamos de comprender esta verdad hasta el punto de considerar todas las cosas como reveladoras de la presencia de Dios. Las cosas mudas tienen una voz y una capaci­dad de coloquio. La pureza de la mirada que tanto anhela le permite intuir y leer en las páginas de lo creado las cartas y el mensaje del Creador. Deseamos alcanzar esa visión de que nada sucede por casualidad en el mundo. Por eso encontramos al Señor cuando le reconocemos y le adoramos con todo el corazón en cualquier episodio triste o alegre, oscuro o luminoso, áspero o suave, de la vida.

Pero hay otra presencia de Dios que constituye nuestro gran reto: encontrar al Señor en nuestros hermanos. Nuestro Dios se ha “corporeizado”. Dios posee un rostro humano. De ese modo puede liberarnos del enorme peligro que posee la experiencia religiosa de convertirse en un lugar privilegiado para el surgimiento de todo tipo de fantasías ­en las que la alteridad, el otro, aunque se piense lo contrario, puede quedar perfectamente difuminado y confundido.

Es un Dios encarnado el de nuestra fe. Un Dios que sale al encuentro bajo los modos en los que los seres humanos pueden encontrarse. Y un Dios, además, que sale al paso para manifestarnos que Él mismo es también alguien que busca una alteridad, porque no es un Dios ensimismado, no es un absoluto impasible y encerrado en un “para sí”, sino que, esencialmente, es un “Dios Relación” que busca, persigue y goza el encuentro con el otro.

Dios nos habla desde las profundidades del espíritu. Es en esa intimidad del corazón donde se realiza el encuentro con Dios. Y este es el centro de todos los mundos y de todas las cosas.

Estamos rodeados por todas partes de pobres, porque todos somos pobres. Y si no, miremos lo que hay entre nosotros: somos hombres que llevamos una herida de amor en las entrañas con un sentimiento voraz de culpa, con una memoria enferma, con tendencia a la suspicacia, a la tristeza, a la ira, al victimismo, a la comparación, con un sentimiento hondo de vergüenza, con una dolorosa desconfianza existencial, indolentes, irrefrenables, negligentes, ambiciosos, murmuradores, autoritarios, envidiosos…, y un largo etc. Y no es menos verdad que estamos cansados de palabras, con nuestras mejores intenciones, pero finalmente cansados. ¿Cuál es la palabra que nos sana el corazón, que nos dignifica, que nos hace sentir plenamente humanos, dichosos y orgullosos de nuestras pobres vidas monásticas? Desde luego no son las piedras que nos cobijan, ni las obras que realizamos para mejorar nuestra calidad de vida las que nos conducirán a ese encuentro misterioso, sin forma, inaprensible. Pero sí que existe un torrente de luz que ilumina el tejido de nuestra existencia cotidiana y orienta nuestra peregrinación porque lo importante es leernos como un poema de Dios. Estamos llamados como María, la Estrella del Mar, a ser desde nuestros monasterios, faros incombustibles para la humanidad que muchas veces nos hace sentir vergüenza de pertenecer a ella, empezando tantas veces por nosotros mismos.

Y aquí estamos día tras día y año tras año para establecer unas relaciones de amor, basadas en el perdón, el respeto y la aceptación mutuas, al tiempo que no cejamos en la tarea de sanar las propias heridas, siendo los que somos, y ya se sabe: “genio y figura hasta la sepultura”.

Por eso, a pesar de todos los pesares, seríamos imperdonablemente insensibles si no reconocemos el milagro cotidiano del Amor de Dios que nos reúne. Qué menos que estar agradecidos, conscientes como somos de la cruda y difícil realidad que les ha caído en suerte a la mayor parte de la población mundial, con los enormes fracasos y frustraciones en el ámbito de las relaciones interpersonales y sociales.

Delante de Santa María, Regla de los Monjes, que preside nuestro oratorio, me gustaría concluir con una bendición y una acción de gracias por cada uno de vosotros, de los hermanos ausentes, de los hermanos difuntos, y de todos los que a lo largo de estos años han compartido la oración en este lugar. Nosotros somos las piedras vivas de este templo espiritual; somos el bien más preciado que poseemos. Que nos honremos, que nos respetemos, que nos reverenciemos, y que nos amemos de todo corazón: ésta es la mejor alabanza que podemos ofrecer al Señor que nos reúne en este lugar como Iglesia Monástica de Santa María de Sobrado.