El espejo en el que vemos lo que somos

Obra de Enrique Mirones, monje de Sobrado | 2017

Jesús es el pan de vida. Para encontrarse con el hombre en el corazón de su vida, Jesús eligió el pan. Dios entra en la vida de los hombres bajo el signo del pan -Jesús nace en Belén, que es la casa del pan– y Dios permanece para siempre en la vida de los hombres desde que Jesús, al atardecer de su vida, toma en sus manos el pan al abandonar este mundo. Él es también el vino nuevo que alegra el corazón del hombre. Mientras que el A.T. describe el cielo y la tierra nuevos como un banquete de manjares enjundiosos y vinos generosos, Dios en Jesús se queda con nosotros totalmente sumergido en la realidad, siendo honrado con ella. Sin hacer alarde alguno de ostentación, permanece anonadado, confundido con la masa. Pasa inadvertido, casi como confundido con lo más cotidiano, recordándonos que las cosas de Dios son siempre sencillas. Es el pan nuestro de cada día capaz de alimentarnos en cualquier situación, en  los sabores y sinsabores de la existencia.

No es fácil hacerse pan. Hacerse pan significa: que uno ya no vive para sí mismo sino para los demás; que ya no posee nada, ni cosas, ni tiempo, ni talentos… todo lo propio es “de y para los demás”; significa que uno se hace disponible a tiempo completo; que tiene que tener paciencia y mansedumbre, como el pan que se deja amasar, cocer, partir; que se va haciendo humilde como el pan, que no está en la lista de los platos exquisitos, sino que está ahí siempre para acompañar; que debe cultivar la ternura y la bondad, porque así es el pan: tierno y bueno; que debe vivir siempre en el Amor más grande: capaz de morir para dar vida como el pan. Cuando uno se deja amasar por las contrariedades, los trabajos y el servicio a todos, cuando se deja cocer por el fuego del Amor del Espíritu, entonces es cuando puede ofrecerse a todos los que tienen hambre. Sigue leyendo

La Asunción de María

Las tres edades de la mujer (det.) | Gustav Klimt | 1905

En Dios vivimos, nos movemos y existimos (Hch. 17, 28). Dios es el ser de todo ser, también de todo ser humano. La plenitud está ya en el origen de todo ser, no es el término de un esfuerzo personal a través de una vida. Si hemos descubierto en María toda su sublime belleza, que la coloca en los cielos, es porque hemos podido imaginarla gracias a la revelación de lo que Dios es para nosotros. Lo que hemos descubierto en María, debemos descubrirlo en nuestro propio ser. Y esa revelación nos ha llegado a través de Jesús.

Jesús no hacía metafísica; hablaba en parábolas. Contaba cuentos, tomados de la vida cotidiana, y decía que el Reino “se parece a…. “. Los ojos de Jesús eran capaces de leer bien las cosas. Leía la siembra, la cosecha, la semilla, la levadura, la sal, la lámpara, los viñadores, los pastores, los amos, los criados … y veía en esas cosas cómo es el Reino, cómo es Dios. Las parábolas de Jesús nacieron de la contemplación de Jesús. Y tuvo contemplaciones extraordinarias, que le enseñaron cómo es Dios: como un pastor que vuelve al monte, ya anocheciendo, para buscar una oveja perdida. Como una mujer que revuelve toda la casa porque ha perdido una de sus diez monedas. Como un padre que se vuelve loco de alegría cuando recupera al hijo que creía extraviado para siempre… Jesús no define a Dios. Dios no es un pastor, Dios no es una mujer, Dios no es un paterfamilias. Pero pensando en esas imágenes podemos entender muy bien cómo es Dios con nosotros, para con nosotros. Sigue leyendo

Pan que sacia y compromete la vida

Icono pintado por Xaime Lamas, monje de Sobrado

Continuamos en esta domingo diecinueve reflexionando en el capítulo sexto de San Juan sobre el discurso del “Pan de vida” que pronunció Jesús en la sinagoga de Cafarnaún.

En el ritmo ascendente que va teniendo el discurso, vemos como Jesús va llevando a la gente que lo escucha, de la búsqueda de un alimento material que resuelva el problema de tener que trabajar para poder comer, a un alimento que compromete la vida de la gente con su persona, con su vida, con su pasión por el Reino, con su sentido de la justicia y de la igualdad entre las personas, con la presencia de un Dios que  no habita en templos construidos por manos de hombre, sino que se manifiesta en su vida y en sus obras. Y no es el Dios del Sinaí, el de la Ley, sino el de la gracia y la verdad que se manifiesta en su Hijo Jesucristo. Ya no es el Dios del maná que comieron los Padres y murieron, sino el que se manifiesta como pan que da vida al mundo. Jesús es el pan «bajado del cielo». No puede ser confundido con cualquier fuente de vida.

Ahora se trata de algo más profundo de un cambio radical en la vida del buscador de Dios y de los bienes de Dios. Ya no son bienes perecederos: comida, vestido, bienes materiales que nos dan “tranquilidad” pero que tienen el poder de esclavizarnos, incluso de llegar a matar por ellos. Jesús nos quiere libres. «No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?» (Mt 6, 31). Quiere que nuestros deseos trasciendan lo meramente material: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrar, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre» (Jn 6, 26-27). Sigue leyendo

“¿Manú?”: qué es esto

 

El maná | Sieger Köder

Esto es vuestro medio de vida, venido del cielo
en el trasfondo incómodo de dudas y murmuraciones:
¨Nos dio agua de la Roca: ¿podrá darnos pan en pleno desierto? ¨
Dirá Pablo Y la Roca era Cristo,
Dice Jesús:
Y el verdadero maná, el de Vida Eterna, el de vida imperecedera, soy Yo,
venido del Padre
Y esto, en el trasfondo de seguridad rocosa de nuestra fe en Él.

Estamos en el Domingo XVIII del tiempo litúrgico, en su fluir ordinario del ciclo C. En este domingo, la Liturgia de la Palabra nos va adentrando en el capítulo 6º de Juan, capítulo de vida de fe en el Pan marcado y distinguido con el sello del Padre: Dios.

Recuerdo, de pequeño, la marca del pan de nuestra familia, cuando iba al horno comunitario del pueblo: Aquella marca nos indicaba con seguridad que era de nuestra casa. Jesús nos dice que Él lleva también un sello identificador que dice, nada menos que Dios: Es decir, cuanto hace o dice es de arriba y está llamado a calar en lo profundo del corazón y en la raíz de nuestras convicciones. O sea, en la hondura de nuestra Fe en él y en la consistencia vigorosa de nuestra vida en Cristo. Sigue leyendo

Moraré en ti y tú en mí

Pintura de Safet Zec

Dice Jesús: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51). Estas palabras escandalizan a los judíos que, perplejos, preguntaban cómo podía ser eso posible: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Y prosigue Jesús: «Os aseguro que si no coméis la carne del hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. […] El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Como el Padre que me ha enviado vive y yo vivo por el Padre, así el que me come vivirá por mí» (vv. 53.56-57).

Conocemos perfectamente la resonancia eucarística de estas palabras. ¿Puede haber una expresión más auténtica de la compasión, que entender la propia vida como alimento para el otro? Y el alimento que Jesús ofrece no es un «objeto» que sacia puntualmente el hambre. Jesús se ofrece como morada, se hace casa en la que podemos habitar. Su pan es una vida que se ofrece como acogida para toda nuestra vida, para nuestra historia, sea como fuere. Vivirás por mí. Moraré en ti y tú en mí. ¿Nos hemos dado ya cuenta de la dimensión de don que es Jesús para cada uno de nosotros?        Sigue leyendo

El monje y el peregrino

Deserto-Soidade | Enrique Mirones, monje de Sobrado

Viajar es ciertamente una de las más antiguas actividades humanas. Donde existe el ser humano existe la memoria y la pasión del viaje. Hay una estrecha relación entre nuestra geografía interior y los caminos que recorremos, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Cuando subimos a la cima de un monte y, desde ahí, contemplamos la inmensidad del horizonte, o cuando nos adentramos en las entrañas de una gruta desconocida para explorar sus misterios, hay algo de íntimo que se está moviendo, que se está revelando y expresando. Cuerpo y alma, somos un todo inseparable y, a la vez, somos multilingües: nos expresamos en múltiples lenguajes, por eso somos tan difíciles de descodificar y de traducir.  

La solemnidad de Santiago es especialmente querida por los monjes de Sobrado, por dos motivos: por una parte, celebramos en este día el aniversario de la fundación de nuestra comunidad, aventura iniciada en 1966; por otra parte, la acogida a los peregrinos que hacen el camino de Santiago forma parte de la identidad del Monasterio de Sobrado desde hace siglos. Monjes y peregrinos estamos unidos por un vínculo ancestral, dando cuerpo en nuestras vidas, cada uno a su modo, a una inquietud que late en cada corazón humano, y que hace de cada ser humano un homo viator. Todos somos habitados por una urgencia de itinerancia, por una búsqueda de sentido, por un deseo de infinito. Sigue leyendo

Bajo la mirada de un Amor que no se cansa

Cruz de la Parroquia de Espinho, Portugal (det.) | Xaime Lamas, monje de Sobrado

A todos nos gustaría ser compasivos, mirar a la gente con bondad y compasión – y la verdad es que este deseo corresponde a nuestra identidad más profunda: todos somos bondad y compasión, creados a imagen y semejanza de Dios, habitados por el soplo de su Espíritu. Aunque corresponda a nuestra verdad, un corazón compasivo no se improvisa ni nace de un impulso de la voluntad, pues suele estar soterrado bajo nuestro sistema defensivo para que nadie toque nuestra vulnerabilidad. Vamos por la vida armados, como soldados que ven enemigos por todas partes. Entonces, ¿cómo acceder a nuestro corazón compasivo? «Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor…» Ser mirado con compasión es lo que libera en nosotros la mirada bondadosa y compasiva. La oveja perdida, buscada por su buen pastor, es nuestra maestra en la compasión. Sigue leyendo

O vivimos todos juntos como hermanos, o pereceremos todos juntos como idiotas

Ilustración de Madalena Matoso

Con el envío de los Doce de dos en dos, el evangelio de Marcos quiere recordarnos que toda misión evangelizadora nos invita a vivir según los valores del Reino, a ser portadores de paz y a hacerlo con las mismas actitudes de Jesús. Jesús da a los suyos unas recomendaciones para llevar la Buena Noticia a los demás, para comunicar lo que Dios es para todos sin condiciones ni excepciones. Les recomienda que vayan con un bastón y nada más, pero sin pan ni alforja ni dinero, es decir, ir a pecho descubierto, confiando sólo en Dios y en el mensaje. Les dice que en todo se pongan al nivel del otro: quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio; les da autoridad para que echen demonios y curen a los enfermos que haya, y naturalmente no se refiere sólo ni principalmente a las enfermedades físicas. Curar significa alejar de un ser humano todo aquello que le impide ser él. Les encomienda predicar la conversión. Lo único que un ser humano debe saber es que Dios le ama. Predicar la conversión, es hacer ver a cada persona que Dios es alguien cercano, que está tan cerca, que es lo más hondo de su propio ser, que no tiene que ir a buscarlo a ningún sitio raro, ni al templo ni a las religiones ni a las doctrinas ni a los ritos ni al cumplimien­to de la norma. Dios es y está en ti. Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos, rezaba el salmo responsorial. Descúbrelo y lo tendrás todo, y podrás ayudar a los hombres a ser más humanos, empezando en el interior de sí mismos. Sigue leyendo

El cuidado del corazón

Cuadro de Mark Rothko

La tradición benedictina nos entrega un San Benito enriquecido que, como el grano de mostaza, se ha convertido en un gran árbol en el que pueden cobijarse las aves más dispares. El recuerdo de San Benito transciende con mucho su figura, su persona, su historia, para dar paso a un proyecto de vida evangélico que, bajo múltiples formas de expresión, sigue vivo en la iglesia y en el mundo. Como hijos suyos, nos sentimos buscadores apasionados de Dios que, humildemente, queremos contribuir a gestar la humanidad nueva que intenta abrirse paso en nuestro tiempo.

La Regla de San Benito nos propone un arte del bien vivir que está anclado en medio de los acontecimientos cotidianos, y en el que lo fundamental es guardar el corazón para poder ofrecer con entusiasmo lo que somos y lo que tenemos. Como dice tan bellamente el libro de los Proverbios: cuida tu corazón, y hallarás la fuente de la vida. Es ésta la gran pasión de nuestra vida. Sigue leyendo