La hora de la rendición

Atardecer en Sobrado

Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno (cf. Mt 20,1-16).

Conocemos bien esta queja. La hemos repetido a menudo, con palabras o en un silencio poblado de negatividad que corroe el alma. Podríamos sencillamente reconocer que estamos buscando amor, que nos sentimos carentes, pero eso implica tocar y manifestar nuestra vulnerabilidad. Parece más cómoda y más segura la posición del juez que la del mendigo. ¡Cómo nos cuesta aprender las cosas sencillas de la vida! No asumir las propias necesidades solo genera desconexión con nosotros mismos y con los demás, cansancio y desgana.

A la última hora, al atardecer, metafóricamente decimos que el sol llega a su reposo, todo se va sosegando, la naturaleza vuele al silencio, pero nuestro corazón tantas veces está en lucha, insatisfecho, frustrado, focalizado en los propios planes no realizados, entregado a una contabilidad siniestra, encerrado en un pequeño mundo que tiene las dimensiones de su pequeño yo, incapaz de mirar más allá de los propios zapatos. Sigue leyendo

La absolución del relato de nuestra historia

Mysterium Crucis | Alexandra Lisboa

Las relaciones humanas están marcadas por el conflicto. Todos tenemos necesidades, deseos y expectativas que chocan con los de los demás. Somos distintos en la manera de ser, de pensar y de expresar sentimientos, lo que es una fuente inagotable de malentendidos, que muchas veces se convierten en agrias disputas. No es extraño ver a nuestro alrededor parejas que terminan entre violentos reproches, hermanos que no se hablan, o amigos que han dejado de serlo. En general, cuando alguien nos hace algo que consideramos malo o injusto, nos sentimos heridos y nos enfadamos. Tras el estallido iracundo inicial, solemos creer que el tiempo enfriará el agravio y terminará por disolverlo. Sin embargo, en muchas ocasiones, el paso del tiempo tan solo agranda las heridas alimentando el resentimiento y, el venenoso rencor pudre los restos de la relación. Sigue leyendo

Ayudarnos a ser mejores

Puerta del sagrario | Pintada por Xaime Lamas, monje de Sobrado

Las iglesias domésticas, nuestras parroquias, nuestras comunidades religiosas,  forman la Iglesia que se reúne en el nombre de Jesús. Reunirse en el  nombre de Jesús es crear un espacio para vivir la existencia en torno a Él. Un espacio espiritual bien definido no por doctrinas, costumbres y prácticas, sino por el espíritu de Jesús, que nos hace vivir con su estilo. Reunidos en el nombre de Jesús, recordamos su palabra, acogerla con fe y actualizarla con gozo; tomar conciencia de su actitud orante, recordar como miraba y acogía a las personas; experimentar en la comunidad sus entrañas da misericordia: como comprendía las debilidades humanas y como se derramaba como un manantial de agua fresca que limpiaba la suciedad del cuerpo y del espíritu. Vivir la experiencia de sentirse en una comunidad viva es sentir como el Evangelio nos permite entrar en contacto con Jesús y vivir la experiencia de ir creciendo como discípulos y seguidores suyos. Sigue leyendo

Te conozco por tu nombre

Vhils (Alexandre Farto) | Londres, 2009

– «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
– «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Jesús le respondió:
– «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo». (Mt 16,15-17)

La fe es un modo de conocimiento. En el origen del acto de conocer se esconde una opción inicial, una orientación de todo nuestro ser, despertada por una fuerza que viene de dentro, por un deseo de ver algo que atrae, magnetiza, provoca, llama… La fe parte de esta provocación de Dios, «de la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), cuyos reflejos conservamos todos. Un día la luz encuentra eco en nosotros y nos invita a ir en busca de su fuente. Pero su llamada viene de ese estrato de nuestra existencia que es mucho más silencioso que la mente. Sigue leyendo

San Bernardo

Cristo abrazando a San Bernardo (det.) | Francisco Ribalta | 1625-27

Bernardo es un artista, un apasionado de la belleza. Tiene el coraje de poner en segundo plano las letras y el conocimiento intelectual de Dios, ya que aspira antes que nada a la experiencia. Ante sus oyentes no expone lo que él sabe sino lo que vive, porque comprendió que lo fundamental era la vida y no las ideas. Desde este enfoque puede entenderse toda su actividad, ya que él mismo es un testimonio fiel de que la edad cabal no se alcanza automáticamente ‘porque vayan pasando los años’, sino al precio de una experiencia interior hecha de tenacidad y constancia, por pura Gracia de Dios.

Lo que realmente nos convence de Bernardo es que, tras una personalidad tan compleja y contradictoria, integró en su vida las alabanzas y las críticas, los honores y las humillaciones, sin perder por ello el equilibrio fundamental de su unidad interior. Fueron muchos sus errores y muchos sus aciertos, unos y otros nos sirven para entender que la santidad no tiene que ver nada con la perfección. San Bernardo no fue el hombre perfecto; fue un santo muy humano gracias a que fue aceptando su propia realidad y descubriendo en ella el lugar de su encuentro con Dios; fue el hombre evangélico que sabe que sólo la misericordia de Dios puede realizar la verdadera conversión del corazón. Si lo que edifica y robustece a la Iglesia es el retorno constante al Evangelio, a la vida de Jesús, Bernardo fue uno de esos hombres que tuvo siempre en su horizonte la humanidad del Señor como único camino de retorno al ‘amor primero’. Sigue leyendo

Capaces de levantar puentes

Fotografía de Fabio Comparelli en Unsplash

El Evangelio de Jesús nos hace a todos los hombres como hermanos y nos pide contribuir por nuestro amor al pleno éxito de la aventura humana.

Hay un evidente punto en común a las tres lecturas y es la universalidad de la llamada de Dios fundada en su misericordia. El salmo 66 no lo puede explicar esto con más claridad: “Oh Dios que te alaben todos los pueblos conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación…que canten del alegría las naciones, porque riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra. Que teman a Dios hasta los confines del orbe.” En el Evangelio de hoy tenemos un ejemplo de mente universal en la persona de Jesús, que no es más que la expresión de la mente de Dios, pues Él no es sino la mismísima Palabra de Dios hecha carne.

El mensaje y actuación de Jesús no es otro que dar a conocer el misterio de Dios sobre la tierra y el hombre, un misterio de inmensidad de amor y misericordia. Jesús nace y vive en un pueblo fuertemente nacionalista. Era el pueblo elegido de Dios entre todos los de la tierra, pueblo de su propiedad con el que había hecho un pacto y había derramado sobre el su misericordia infinita. Lo había constituido como nación, con su lengua, su pueblo, sus leyes, su territorio y El, su soberano. Sigue leyendo

Nuestro jardín sellado

Asunción | fachada de la iglesia del monasterio

El depósito de la fe de la Iglesia es milenario. La ‘simbólica’ religiosa del cristianismo, es un tesoro de valor incalculable que, a lo largo de la historia, se ha ido plasmando en los diversos dogmas. Necesitamos actualizarlos, descodificarlos a un lenguaje accesible y sencillo que nos sirva de espejo para esclarecernos, para rescatar la frescura de nuestra espiritualidad siempre viva y siempre nueva. Saborearlos con esa sabiduría del discípulo del reino de los cielos, que como un padre de familia saca de su tesoro cosas nuevas y viejas (Mt 13, 52). María es uno de los exponentes más sustanciosos de nuestra ‘simbólica’ espiritual cristiana. Su Asunción a los cielos es un dogma a través del cual formulamos un misterio de nuestra fe, es una joya inestimable del tesoro de nuestra verdad, una experiencia muy personal de algo primordial de nuestra espiritualidad. Por eso lo celebramos, por la inmensa alegría que nos produce su memoria y veneración. Sigue leyendo

No he venido a ser servido, sino a servir

Isaac Totorica nació en 1961 en Ermua (Vizcaya), entró en el Monasterio de La Oliva en 1993. Fue enviado al Monasterio de Zenarruza en 1994, hizo la profesión solemne en 1998, y fue ordenado sacerdote en 2007. Fue elegido Prior Titular de Zenarruza en 2009, siendo elegido abad de La Oliva en diciembre del mismo año. Ejerció el cargo hasta su muerte. Falleció el día 28 de julio a causa de un cáncer de riñón sarcomatoide muy agresivo y rápido, habiendo tenido los primeros síntomas pocos meses antes.

A continuación, compartimos contigo la homilía de la celebración de las exequias, que es un bello texto de Isidoro Anguita, abad de Santa María de Huerta y padre inmediato del Monasterio de La Oliva.


Estamos aquí reunidos para celebrar un funeral. Cuando toca celebrar el funeral de un desconocido uno se pierde en descripciones teóricas y piadosas sobre la muerte y la resurrección. Cuando se celebra el funeral de un ser querido, todo adquiere un valor diferente. Reconozco que para mí Isaac era un hermano, un amigo y un monje cabal con quien podía hablar de temas de fe en total sintonía. Sigue leyendo

Jesús subió al monte a solas para orar

Del “Livro de Sobrado” | Víctor Infantes

Acabamos de escuchar en el evangelio, que Jesús, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Son cuarenta y ocho las citas que en los cuatro evangelios hacen referencia a la vida de oración de Jesús: en la sinagoga, en el templo, antes de iniciar su vida pública, cantando salmos, en bendiciones y acciones de gracias, en curaciones, en las Fiestas de su pueblo, en la fuerza que recibe ante el poder del mal, antes de la Transfiguración, antes de resucitar a Lázaro, enseñando a orar, en la cruz, al morir… y de ellas, en cerca de quince ocasiones lo hace retirándose a orar a solas.

De la lectura de los evangelios, deducimos que Jesús encuentra, en su amada soledad, el gozo de poder invocar a Dios como un tú; la confianza en ese misterio insondable que es Dios, percibido interiormente como Padre; la fuerza del misterio de Dios apoderándose de él para construir un mundo más humano, fraterno y solidario; la misericordia, no solo para aliviar el sufrimiento generado por la propia persona, sino para luchar contra el sufrimiento provocado por los abusos, las injusticias y las estructuras de poder. Sigue leyendo