La mejor noticia

America Windows (det.) | Marc Chagall | 1977

El evangelio de Marcos empieza con este título: «Comienza la Buena Noticia de Jesucristo, Hijo de Dios». Con Jesús «comienza» algo nuevo. Es lo primero que quiere dejar claro Marcos. Todo lo anterior pertenece al pasado. Jesús es el comienzo de algo nuevo e inconfundible. Jesús dirá que “el tiempo se ha cumplido”. Con él llega la Buena Noticia de Dios. Esto es lo que experimentaban los primeros cristianos. Quien se encuentra vitalmente con Jesús y penetra un poco en su misterio, sabe que empieza una vida nueva, algo que nunca había experimentado anteriormente. Encontrar a Jesús es encontrar la «Buena Noticia». Algo nuevo y bueno. La palabra «Evangelio» es y expresa lo que se siente al encontrarse con él. Una sensación de liberación, alegría, seguridad y ausencia de miedos. En Jesús se encuentran con “la salvación de Dios”.

Cuando alguien descubre en Jesús al Dios amigo del hombre, el defensor de los últimos, la esperanza de los perdidos, sabe que no encontrará una noticia mejor. Cuando se conoce el proyecto de Jesús sabe que no podrá dedicarse a nada más grande. Y la Buena Noticia es Jesús mismo, el protagonista del relato. Por eso, su intención es seducirnos para que nos abramos a la Buena Noticia que sólo podremos encontrar en Jesús. Seguir leyendo

¿Dónde estás?

La Anunciación (det.) | Françoise Bissara-Fréreau | 2017 | Capilla de Saint-Laurent-des-Bois (Veigné, Francia)

En el jardín primordial encontramos un bello mito sobre la armonía entre toda la creación y de ésta con su Creador. Hombre y mujer estaban desnudos ante sí, ante Dios y ante todas las creaturas, y no sentían vergüenza. Todo fluye en una unidad sin fisuras, sostenida por la escucha de la voz de Dios. Pero es también en ese jardín mítico que se dibuja la primera separación: el Hombre interrumpe la escucha, se encierra en su autosuficiencia, siente miedo y se esconde. Cuanto más nos encerramos, más miedo sentimos, y tenemos necesidad de cubrirnos y de protegernos. La desnudez se convierte en amenaza. Nacemos frágiles, absolutamente dependientes, expuestos al amor y a la agresión; crecemos ambivalentes, entre la entrega y la protección. Vivimos atravesados por una fractura: deseamos el amor y, a la vez, nos protegemos del amor. Amar es ser vulnerable (C.S. Lewis). Tememos la desnudez de la vulnerabilidad.

«¿Dónde estás?» (Gn 3,9) – es la llamada que Dios sigue haciendo a cada ser humano, fracturado, escondido de sí mismo, desconectado de su corazón. Traemos dentro de nosotros el eco, más o menos amortiguado, de esta pregunta: «¿Dónde estás?» Escondidos, atemorizados, distraídos en tantos quehaceres, corazón y mente ocupados como se todo en la vida dependiese de nosotros, consumidores continuos de imágenes y de le palabrería, vamos sofocando esta pregunta dentro de nosotros – una forma de autoexilio. Hemos perdido el rumbo hacia nuestra propia casa.
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Adviento… en el corazón de la existencia

Vidriera | Christoph Stoos | Capilla de la residencia de ancianos Steinhof (Lucerna)

«!Ojalá rasgases el cielo y bajases!» (Is 63,19). Somos habitados por una nostalgia de Dios, por un profundo anhelo de plenitud. La liturgia de Adviento aviva esta nostalgia, conectando muy bien con el imaginario de las más bellas utopías que permanece más o menos dormido en cada ser humano. Es verdad que estamos hechos para la tierra de la alegría, pero la puerta de acceso a ese territorio es nuestra vida, tal y como se nos presenta. 

«Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. (…) No sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!» (Mc 13,33.36-37).

Mirad, vigilad, velad – nos exhorta Jesús en el evangelio – para que la vida no nos pase por al lado, para que abandonemos el ensimismamiento alimentado por el ruido mental de nuestras razones y certezas, para que nos abramos al don de la relación que Él nos ofrece a cada momento. Despertar es abrirse al don. Hay tesoros por todas partes en todo lo que tocamos. Nuestra escuela es el cotidiano. Nuestro estilo de vida, caracterizado por la monotonía del tiempo y del espacio, está en función de la atención del corazón – un modo de estar en la vida que capta todo desde dentro, que nos va enseñando a identificar todos los movimientos, incluso los más sutiles, y a asumirlos como materia de oración. Rezar es abrirse a la revelación de Dios en todas las cosas, es descubrirse a sí y al mundo bajo una mirada amorosa. Seguir leyendo

Venid benditos de mi Padre

Comida solidaria con la participación de pobres, prisioneros, refugiados y del Papa Francisco en la Basílica de San Petronio (Bolonia)

En el Prefacio de la misa de esta festividad que oiremos antes de la Plegaria Eucarística dice así:
«Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del Universo a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que ofreciéndose a sí mismo, como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la Redención humana, y, sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.»

No he querido quitar ni una sola palabra a este importante párrafo del Prefacio porque la Iglesia presenta de esta manera la grandiosidad y entrega de Cristo Sacerdote y Rey y al mismo tiempo nos enseña las características de su reinado maravilloso.

Fijémonos bien: es para siempre y para todos. En el encontramos la verdad y la vida que tanto ansiamos y en este mundo sólo gozamos a medias. Por otra parte es un reino que corresponde al plan de Dios sobre nosotros, es decir conseguir la gracia y la santidad. Finalmente, en este reino se encuentran las tres características que siempre anheló la humanidad: la justicia, el amor y la paz.
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Talentos o Talento

Pina Bausch | Fotografía de Paulo Pimenta | Lisboa 2008

Estamos celebrando el penúltimo domingo del año litúrgico, que dará paso después del que viene, al nuevo año litúrgico con el tiempo santo del adviento.

La Palabra de Dios de estos últimos días del año nos habla del final de los tiempos digamos históricos, que puede ser coincidan con nuestro final personal. Con unos aspectos importantes: El Señor vendrá, para juzgar el mundo o a cada uno de nosotros e inaugurar el Reino. Pero no sabemos el tiempo ni la hora, por lo que hay que estar preparados para ello, desde ya. El reino tiene que ser edificado en lo cotidiano de nuestra existencia. Todo aquello que se pospone para el final no es sino una llamada a la molicie, al abandono, al egoísmo y a la ignorancia de unos valores y bienes que ya existen en este momento. Así, la resurrección, el perdón de nuestros pecados, nuestra muerte, nuestro descanso y el juicio final. Todo ello hay que vivirlo en el día a día. Dejar las cosas para el último momento es un desatino, pues no sabemos cual y cuando va a ser ese último momento. Esto constituye una verdad popular pero que no siempre la ponemos en práctica: “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. Pues es el hoy lo único que tenemos y podemos tener en realidad. El pasado lo tuvimos y el futuro lo tendremos para bien o para mal. Así pues tenemos hoy una llamada a trabajar y a arriesgar desde este momento. Preparándonos para el gran y definitivo examen, al caer de la tarde.

Nosotros los cristianos tenemos que construir la Iglesia, el Reino, en la medida en que vivimos el evangelio día a día. Ello no se hace como muchos piensan rezando y yendo a misa en los funerales o poniendo velitas a la Virgen de los Dolores o al Santísimo o haciendo promesas de toma y daca. No. El reino se hace viviendo la vida en cada momento y con todo nuestro ser que es material y espiritual formando una unidad indivisible. Nosotros no tenemos dos tiempos según creamos vivir lo material, lo del día a día, y lo espiritual los domingos y solo una hora los domingos.
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Aniversario de la Dedicación del Oratorio

Dedicación del Oratorio | 13.11.1987

Toda realidad es una teofanía, es de­cir, una manifestación de Dios. Las cosas grandes y eternas, así co­mo las pequeñas y frágiles, los cielos ilimitados y la admirable com­posición de una célula o de un átomo nos traen el saludo de Dios y cantan en sus armoniosas estructuras las maravillas divinas.

Nuestros santos comprendieron esta verdad hasta el punto de que consideraban todas las cosas como reveladoras de la presencia de Dios. Todas las cosas y todos los acontecimientos son, para los santos, sacramentos que esconden y revelan a Dios. Ellos saben que nada sucede por casualidad en el mundo. No hay nada que se escape a la mano omniabarcante y al ojo omnipresente de Dios. La realidad es el templo de Dios. Encontramos al Señor cuando le reconocemos y le adoramos con todo el corazón en cualquier episodio triste o alegre, oscuro o luminoso, áspero o suave, de la vida. En esta apertura y adhesión confiada a la voluntad de Dios consiste la misma esencia del amor y el secreto de la santidad.

Pero hay otra presencia de Dios que constituye nuestro gran reto: encontrar al Señor en nuestros hermanos. Nuestro Dios se ha “corporeizado”. Dios posee un rostro humano. De ese modo puede liberarnos del enorme peligro que posee la experiencia religiosa de convertirse en un lugar privilegiado para el surgimiento de todo tipo de fantasías ­en las que la alteridad, el otro, aunque se piense lo contrario, puede quedar perfectamente difuminado y confundido con la propia realidad ignorada. Seguir leyendo

El aceite de nuestras lámparas

Estamos finalizando el año litúrgico y de nuevo surge ese toque de atención que es una llamada a la vigilancia, a saber leer los tiempos y los acontecimientos de la historia presente. Historia religiosa y política, historia personal y colectiva, historia de familia, historia de comunidad religiosa-monástica. Todo tiene que pasar por el tamiz del discernimiento. Saber de qué calidad es nuestra felicidad, en qué se fundamenta, si está arraigada en la fe en Jesucristo, roca firme de  nuestra vida, o en la arena movediza de las satisfacciones inmediatas de niños caprichosos y sin sentido. Saber de qué calidad es nuestra esperanza, en qué se fundamenta, cómo la mantenemos despierta para no encontrarnos con cualquier cosa, para no desesperar del ser humano, para no perder nunca el anhelo de «vida eterna» para todos, no dejar de buscar, de crecer, de confiar. Aunque no lo sepamos, los que viven así aguardan la venida de Dios.

El texto del Libro de la Sabiduría que se  nos proclamó, nos abre la puerta para adentrarnos en esta parábola de las doncellas: “La Sabiduría se da a conocer a los que la desean… Pensar en ella es prudencia, y quien vela por ella pronto se verá sin afanes”. Es la parábola de la vida y no es fácil escuchar este mensaje que nos plantea una cuestión que es vital: ¿Hacia dónde camina mi vida? ¿Qué espero, o qué esperamos? ¿De qué alimentamos nuestro hombre interior? Al hombre de nuestros días sólo parece fascinarle lo que es nuevo, lo actual, el momento presente sin darse cuenta de que todo tiene un sello de caducidad, que lo nuevo mata lo nuevo, y el momento presente es caduco. Por eso hay tanta ansiedad, tanta agresividad, tan poca esperanza. Si solamente queremos vivir el gozo inmediato de las cosas estamos quemando el aceite de nuestras lámparas y la lámpara de nuestro cuerpo es el ojo, y si nuestro ojo está malo, todo nuestro cuerpo estará en oscuridad, y lo que es peor, esa oscuridad ahogará los sentidos porque perderemos la  capacidad de ver y sentir la presencia del Santo en todo lo que nos es familiar, en todo lo que va aconteciendo en  nuestra vida. Khalil Gibran dice muy acertadamente: Seguir leyendo

Día de la comunidad

Celebramos hoy con alegría y agradecimiento nuestra vocación cenobítica. Solamente Jesús Resucitado, que nos ha convocado en torno suyo, es capaz de crear unidad y paz en medio de nuestra diversidad y singularidad. Jesús es nuestra Paz definitiva. Él es la Paz a la que aspiramos.

La paz percibida “en la profundidad del corazón humano” nos habla de otras paces que no se perciben ahí, en el corazón, sino en sus periferias. Hay una paz que alcanza a la sensibilidad corporal y puede no ser todavía paz del corazón. Hay otra paz que alcanza los niveles de la inteligencia o los de los afectos, sin ser todavía paz del corazón. “Corazón”, en sentido bíblico, es la sede de los sentimientos y decisiones; un centro personal que no existe sin esas periferias, pero que no es totalmente idéntico y dependiente de ellas. ¿No hemos experimentado todos alguna vez la sensación de una sensibilidad exterior y una inteligencia relativamente en paz, en medio de un corazón profundamente inquieto? ¿Y, al revés, una extraña paz en el corazón con la sensibilidad y la inteligencia alteradas?

La Paz del Resucitado se dirige al corazón sin prometer estabilidades permanentes en esas otras periferias suyas. No es como la paz del mundo, a la que solo interesa la satisfacción de lo más exterior del ser humano. Seguir leyendo

Te basta mi gracia

El velo del Templo se rasgó (det.) | Filippo Rossi | 2012

Mirando nuestras vidas, lo más concreto de lo que vivimos, podemos concluir precipitadamente que la santidad no es para nosotros, está reservada para gente especial que manifiesta una grandeza de alma fuera de lo común. Pensamos que ellos, los santos, desconocen el polvo de la tierra y que solo tienen ojos para el cielo. Posiblemente estará hechos de una pasta distinta y nosotros no hemos tenido esa suerte. Por más que lo intentemos, repetidamente volvemos a fallar en nuestro programa de santidad. ¡Cómo nos gustaría erradicar los obstáculos donde continuamente tropezamos! Muchos de nosotros hemos rezado intensamente pidiendo que determinada “piedra de tropiezo” fuera removida de nuestro camino. Sin embargo, verificando los resultados, parece que el Cielo ha permanecido sordo ante nuestras súplicas.

El apóstol Pablo nos relata una experiencia semejante en su vida: «tengo un aguijón clavado en mi carne, un agente de Satanás encargado de abofetearme para que no me enorgullezca. He rogado tres veces al Señor para que apartase esto de mí, y otras tantas me ha dicho: “Te basta mi gracia, ya que la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad”. Gustosamente, pues, seguiré presumiendo de mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo.» (2 Cor 12,7-9) Pablo es un hombre herido en su propia carne. El aguijón que lleva en su carne es un secreto entre él y Dios, como secreto es el aguijón que cada uno lleva clavado en la carne.

El aguijón es singular. Se trata de algo ineludible clavado en nuestra vida: una ausencia, un espacio sombrío, una vieja memoria mordaz, una herida que insiste en permanecer abierta, como si fuera un “objeto” ajeno que pone en causa, bajo nuestra mirada, la belleza del conjunto. El aguijón nos dice, engañándonos, que no somos dignos de amor, hasta porque, aunque sea inconscientemente, lo asociamos a la culpa.
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Calendario – noviembre

Día 4: Día de la comunidad

Días 4 y 5: Participación, con nuestro dulce de leche, miel y productos de la huerta, en la “IV Feira Gastronómica do Outono, en Sobrado. 

Del día 7 al 9: Cursillo sobre San Bernardo en el Monasterio de Santa María de Huerta

Del día 13 al 18: Retiro de la comunidad

Del día 23 al 26: Participación, con nuestro dulce de leche, en la “Mostra Internacional de Doces e Licores Conventuais” (Alcobaça, Portugal)

Día 25: Encuentro mensual de la Fraternidad de Laicos Cistercienses