Tú has deseado el amor de mi corazón

El grito de la discípula | Enrique Mirones, monje de Sobrado | 1999

¡Oh gran Dios, Padre de todas las cosas, cuya luz infinita es oscuridad para mí, cuya inmensidad es para mí como vacío! Tú me has llamado por tu propia iniciativa porque Tú me amas en ti mismo y yo soy la transitoria expresión de tu inagotable y eterna realidad. No te conocería, estaría perdido en esta oscuridad, caería desde ti hacia el vacío, si no me retuvieras en ti mismo, en el corazón de tu único Hijo engendrado.

Padre, te amo aunque no te conozco, Te abrazo aunque no te veo, y me abandono a ti a quien he ofendido, porque Tú me amas en tu único Hijo engendrado. Lo ves en mí, lo abrazas en mí, porque Él  ha querido identificarse completamente conmigo mediante el amor que lo condujo a la muerte, por mí, en la Cruz. Sigue leyendo

¿Privados de la primavera?

-Capitán, el chico está preocupado y muy agitado debido a la cuarentena que nos han impuesto en el puerto.
-Está bien, hablaré con él.
-¿Qué te inquieta chico? ¿No tienes acaso bastante comida? ¿No duermes bastante?
-No es eso, Capitán. No soporto no poder bajar a tierra y no poder abrazar a mi familia.
-¿Y si te dejaran bajar y estuvieras contagiado, soportarías la culpa de infectar a alguien que no puede aguantar la enfermedad?
-No me lo perdonaría nunca; aun así, pienso que han inventado esta peste.
-Puede ser. ¿Pero si no fuese así?
-Entiendo lo que queréis decir, pero me siento privado de la libertad Capitán, me han privado de algo.
-Y tú, prívate aún más de algo.
-¿Me estáis tomando el pelo?
-En absoluto. Si te privan de algo sin responder de manera adecuada, has perdido.
-Entonces, según usted, si me quitan algo, ¿debo quitarme alguna cosa más por mí mismo para vencer?
-Así es. Yo lo hice en la cuarentena de hace 7 años.
-¿Y qué es lo que os quitaste?
-Tenía que esperar más de 20 días sobre el barco. Había esperado meses para llegar al puerto y gozar de la primavera en tierra, pero hubo una epidemia. En Port April nos vetaron de bajar. Los primeros días fueron duros. Me sentía como tú. Luego empecé a contestar a aquellas imposiciones no utilizando la lógica.
Sabía que tras 21 días de este comportamiento se crearía una costumbre, y en vez de lamentarme y crear costumbres desastrosas, empecé a portarme de manera diferente con todos los demás.
Empecé a reflexionar sobre aquellos que tenían muchas privaciones cada día de su miserable vida y desde una óptica justa, decidí vencer.
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Domingo de Ramos

Jesús cae bajo la cruz… Aquí tenéis al hombre (Jn 19, 5) caído.

Dos palabras: pequeño y pecados.
Se hizo pequeño por nuestros pecados.
Nuestros pecados le hicieron pequeño.

Se cayó. Inmediatamente después de la ola de fuerza, después de la energía que le venía desde muy hondo: ya no, ya no es más que un hombre caído.

Vosotros que pasáis por el camino, mirad, fijaos bien si hay dolor parecido al dolor que me atormenta, con el que Yahvé me castigó el día de su ardiente cólera. (Lam 1,12)

¿Sería cierto? ¿Dios se encolerizó de verdad? ¿Cómo puede ser? ¡Es su Hijo querido! Sigue leyendo

Rebelión, resignación, aceptación

Laguna de Sobrado

Existen tres actitudes po­sibles frente a aquello de nuestra vida, de nuestra persona o de nuestras circunstancias, que nos desa­grada o que consideramos negativo.

La primera es la rebelión; es el caso de quien no se acepta a sí mismo y se rebela: contra Dios que lo ha hecho así, contra la vida que permite tal o cual acontecimiento, contra la sociedad, etc. La rebe­lión suele ser la primera reacción espontánea frente al sufrimiento. El problema está en que no resuelve nada; por el contrario, no hace sino añadir un mal a otro mal y es fuente de desesperación, de violencia y de resentimiento. Quizá cierto romanticismo litera­rio haya hecho apología de la rebelión, pero basta un mínimo de sentido común para darse cuenta de que jamás se ha construido nada importante ni positivo a partir de la rebelión; ésta solamente aumenta y pro­paga más aún el mal que pretende remediar. Sigue leyendo

Dejar florecer la amistad con la vida

Primavera en Sobrado

Fui testigo presencial y agradecido, por el buen rato que me deparó, en una estación de ferrocarril de la India. Se trataba de la comitiva de una boda, dispuesta a desplazarse por tren al lugar de la ceremonia. La boda siempre tiene lugar en la casa de la novia (no en el templo) y, como ella reside de ordinario en otra ciudad (debido a las minuciosas directrices que regulan la elección del consorte) el novio, con sus padres, familia y amigos, han de trasladarse a ese lugar, cosa que se hace en autobús o en tren. Este grupo serían unas cien personas con todos los atavíos y joyas que la ocasión requería, y habían reservado un vagón entero para ellos, vagón que en aquella estación tenia que engancharse a un tren lento de mercancías para un recorrido de unas ocho horas hasta el destino nupcial. Pero hubo un problema técnico en el último momento, y se les informo allí mismo, en el andén, que su vagón especial seria enganchado a otro tren, esta vez más rápido que el que cubría el mismo trayecto en la mitad de tiempo, unas cuatro horas. Sigue leyendo

La silla

El silencio no se vive en función de una lectura erudita. El silencio es quedarse sosegado en el asiento, en una silla. Es dejar que todo, sobre todo nuestro ego, se detenga, se pare, se asiente de modo que todo se aquiete: las frustraciones, las inseguridades, las dudas, la soledad del aislamiento, los temores, los miedos, las cobardías, todo sobresalto, toda agitación.
¡Qué manera tan sencilla de sumergirse en el fecundo silencio, en la gratuidad de la vida! Sentarse es abandonar, despojarse, vaciarse, menguarse, empequeñecerse.
La silla, un mueble para aprender a vivir.
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